Benito Pérez Galdós
(1871)
CAPITULO PRIMERO
El doctor Anselmo
Cuadro de Paris y Helena
La
historia
de Paris y Helena
I
Conviene principiar por el principio, es decir, por
informar al lector de quién es este don Anselmo; por contarle su vida, sus
costumbres, y hablar de su carácter y figura, sin omitir la opinión de loco
rematado de que gozaba entre todos los que le conocían. Esta era general,
unánime, profundamente arraigada, sin que bastaran a desmentirla los frecuentes
rasgos de genio de aquel hombre incomparable, sus momentos de buen sentido y
elocuencia, la afable cortesía con que se prestaba a relatar los más curiosos hechos
de su vida, haciendo en sus narraciones uso discreto de su prodigiosa facultad
imaginativa. Contaban de él que hacía grandes simplezas, que era su vida una
serie de extravagancias sin cuento, y que se atareaba en raras e
incomprensibles ocupaciones no intentadas de otro alguno; en fin, que era un
ente a quien jamás se vio hacer cosa alguna a derechos ni conforme a lo que
todos hacemos en nuestra ordinaria vida.
Pocos le trataban; apenas había un escaso número de
personas que se llamaran sus amigos; desdeñábanle los más, y todos los que no
conocían algún antecedente de su vida ni sabían ver lo que de singular y
extraordinario había en aquel espíritu, le miraban con desdén y hasta con
repugnancia. Si habla en esto justicia, no es cosa fácil de decir, así como no
es empresa llana hacer una exacta calificación de aquel hombre, poniéndole
entre los más grandes o señalándole un lugar junto a los mayores mentecatos
nacidos de madre. El mismo nos revelará en el curso de esta narración una
porción de cosas, que serán otros tantos datos útiles para juzgarle como
merezca.
Vivía en el cuarto piso de un endiablado caserón, de
donde nunca salía, a no ser que asuntos urgentes le llamaran fuera de la casa.
Esta era de tal condición, que, en otro siglo menos preocupado, la fantasía
popular hubiera puesto en ella todas las brujas de un aquelarre.
En la época presente no había más bruja que una tal
doña Mónica, ama de llaves, criada e intendente. La habitación del doctor
parecía laboratorio de esos que hemos visto en más de una novela, y que han
servido para fondo de multitud de cuadros holandeses. Alumbrábala la misma
lámpara melancólica con que en teatros y pinturas vemos iluminada la faz
cadavérica del doctor Fausto, del maestro Klaes, de los sopladores de la Edad
Media, del buen marqués de Villena y de los fabricantes de venenos y drogas en
las Repúblicas italianas. Esto hacía parecer a nuestro héroe punto menos que
nigromante o judío, pero no lo era ciertamente, aunque en su casa,
originalísima, como después veremos, se velan, colgados del techo, aquellos
animales estrambóticos que parecen realizar un sueño de Teniers, revoloteando
en confusa falange por todo el ámbito de la bóveda.
Aquí no había bóveda gótica, ni ventana con
primorosas labores, ni el fondo oscuro, los misteriosos efectos de luz con que
el artificio de la pintura nos presenta los escondrijos de esos químicos
aburridos que, envueltos en ilustres telarañas, se inclinan perpetuamente sobre
un mamotreto lleno de garabatos. El gabinete del doctor Anselmo era una
habitación vulgar, de estas en que todos vivimos, compuesta de cuatro mal
niveladas paredes y un despedazado techo, en cuya superficie el yeso, cayéndose
por la incuria del tiempo y el descuido de los habitantes, había dejado muchos
y grandes agujeros. No había papel, ni más tapicería que la de las arañas,
tendiendo de rincón a rincón sus complicadas urdimbres.
En el principal testero veíase un esqueleto que no
había perdido el buen humor del sepulcro, de tal modo se rasgaban en espantosa
risa sus desdentadas mandíbulas, y aumentaba la singularidad de su aspecto el
caldero que el doctor le había puesto en el cráneo, sin duda por no tener sitio
mejor donde colocarlo.
Al lado había un estante de madera con innumerables
baratijas, entre las cuales no hacían el peor papel algunos rotos vasos de
inestimable mérito, y piezas del más tosco barro doméstico. Algún ave disecada
y medio podrida daba realce con el brillante color de sus últimas plumas a este
armatoste, junto al cual una culebra llena de paja se extendía dibujando sobre
la pared las curvas de su cuerpo, en cuyas escamas quedaba un débil tornasol.
No lejos de esto pendía una armadura, tan roñosa como si desde el tiempo de
Roldán -- su dueño tal vez -- no se hubiera limpiado. Algunas otras armas
blancas y de fuego colgaban por allí en unión con una gran sartén, cuyo mango
tocaba los pies de un Santo Cristo, de esos que, con el cuerpo lívido, los
miembros retorcidos, el rostro angustioso, negras las manos, llenos de sangre
el sudario y la cruz, ha creado el arte español para terror de devotas y pasmo
de sacristanes. El Cristo era amarillo, obscuro, lustroso, rígido como un
animal disecado: no tenía formas; la cara, desfigurada por el bermellón, y los
pies se perdían entre los pliegues de un gran lazo, que, sin duda, fue lugar de
romería para todas las moscas del barrio, porque allí habían dejado indelebles
muestras de su paso. Por otro lado asomaban unos caracoles, una estampa de no
sabemos qué mártir, conchas de madreperla, dos pistolas y un rosario de cuentas
marinas enredado en una rama de coral, ennegrecida por el polvo. Dos grandes
espuelas de caballero y una silla de montar colgaban de otra escarpia junto a
mugrientas ropas, por entre cuyos pliegues se veía el mango de una guitarra con
finísimas incrustaciones de nácar y marfil,
Estaba abollada, y una sola cuerda, testigo mudo hoy
de su anterior grandeza, podía dar a la actual generación un eco de las pasadas
armonías. Unas botas de militar rodaban por el suelo junto a la guitarra, y en
la parte de enfrente pendían casaca y chupa del último siglo, entrambas piezas
llenas de agujeros y manchas. Un sombrero tricornio aparecía puesto sobre un
botijo que hacía las veces de cabeza, y un deforme candil, en forma de
tenebrario, manchaba con los restos de su aceite secular un reclinatorio de
primorosas labores, pero tan estropeado que apenas tenía figura. En la pared
cercana había un reloj parado desde hace 50 años: su máquina era el cuartel
general de las arañas, y sus enormes pesas de plomo, caídas con estrépito hace 25,000
noches, habían roto un taburete; un cántaro, un Niño
Jesús, yacían en el suelo inmóviles con la majestad de dos aerolitos.
No se libraba de cierta impresión de estupor el que
entraba en aquella habitación, donde la escasa luz de la lámpara producía
extrañísimos efectos; porque, además de los cachivaches que hemos descrito,
ocupaban la estancia sinnúmero de aparatos de complicadas y rarísimas formas.
Alambiques que parecían culebras de vidrio proyectaban su espiral sobre enormes
retortas, cuyo vientre calentaba un hornillo en perenne combustión. Reverberaba
el disco de una máquina eléctrica, y todo el aparato nos amenazaba
constantemente con sus ingratas manifestaciones. El sordo rumor de la llama del
hogar, el chirrido del ascua, semejantes a la vibración lejana de misterioso
instrumento; el olor de los ácidos, la emanación de los gases, el asmático
soplar del fuelle, que funcionaba con ansia y fatiga, como un pulmón enfermo,
todo esto producía en el espectador ansia y mareo imposibles de describir.
Cuando el que esto escribe tuvo el honor de penetrar
en el estudio, gabinete o laboratorio del doctor Anselmo, su asombro fue
grande, y no podrá menos de confesar que, mezclado al asombro, sintió cierto
terror, sólo calmado por la idea de que aquel hombre era el más afable e
inofensivo de los seres. Además, ¿quién ignoraba que don Anselmo no era
nigromante ni profesaba ninguna de las endiabladas artes de la antigüedad?
Apenas hubo quien tomara en serio sus trabajos, y más bien le tenían en la
vecindad por loco o mentecato que por hombre medianamente sabio, con asomos
siquiera de sentido común. Él, sin embargo, se enfrascaba en aquella tarea
incesante, de que nunca se vio resultado
alguno, y a juzgar por la gravedad con que soplaba sus hornillos y la atención
ansiosa con que hacía circular los líquidos verdes y rojos al través el vidrio
de los alambiques, grandes y trascendentales problemas traía entre manos.
Su afición a la Química era en él cosa nueva, no
habiendo hasta hace poco parado las mientes en simples combinaciones. Casi
siempre había empleado en la lectura, en toda clase de libros, la mayor parte
de su tiempo, siempre que algún indiscreto no iba a entretenerse con él
oyéndole sus narraciones pintorescas, en que se admiraban la brillantez y vuelo
de su grande inventiva. Su conversación versaba siempre sobre hechos de su
propia vida, que él sacaba a colación en todo y por todo. Nunca se hacía de
rogar, y lo que contaba era, por lo común, tan peregrino, que muchos lo
juzgaban todo pura invención de su fantasía. Al recordar su pasado, miraba
todas aquellas baratijas que allí tenía colgadas, y se reía con efusión de
dulce tristeza, diciendo:
--Yo también he sido joven; he sido cortesano,
artista, pintor, músico; he viajado mucho, he sido galanteador, me han
perseguido, he tenido desafíos conozco el mundo, he amado la vida y la he
despreciado, he amado y aborrecido con mucha violencia.
En cierta ocasión, después de hablar de esta manera,
aplicó su dedo amarillo, flaco y rígido a la única cuerda de la guitarra, que vibró con sordo quejido, despidiendo
en su oscilación todo el polvo que 20 años de quietud habían acumulado en ella. Y calló, permaneciendo largo
rato pensativo y mirando con fijeza la circulación del líquido rojo a lo largo
del intestino de vidrio, que trasegaba de un depósito a otro una esencia sutil.
En aquellos momentos de silencio, interrumpido sólo
por la tenue vibración de la cuerda, el rumor de la llama y ese sonido
incomprensible y solemne de todo lugar misterioso, era cuando más terror producían
en mí los singulares objetos de la vivienda del sabio. Parecía que todo aquello
tenía vida y movimiento: que la casaca se movía, como si sus faldones cubrieran
un cuerpo, cual si las mangas tuvieran dentro brazos.
También creía ver el sombrero tricornio meneándose a
un lado y a otro, como si el botijo que le sustentaba tuviera sesos llenos de
inteligencia y buen humor: creía ver las botas espoleando al reclinatorio, y
las conchas golpeándose unas a otras, como si a manera de castañuelas
estuvieran amarradas a los dedos de una mano andaluza. El esqueleto me parecía
que bostezaba, y el caldero le caía hasta los ojos, inclinándose a un lado para
darle expresión chusca; me parecía verle adelantar el pie izquierdo, como quien
rompe a bailar, y cuadrarse ambas manos a la cintura, que le cabía en dos
dedos.
Se me figuraba asimismo que andaba el reloj con la
precipitación y diligencia de una máquina que quiere recorrer en minutos los
años que se ha estado mano sobre mano, es decir, rueda sobre rueda; sentía el
tictac de las piezas, y creía ver oscilar el péndulo dando bofetones a un lado
y a otro a todos los pájaros disecados, los cuales se empeñaban en volar
moviendo con trabajo las escasas plumas de sus alas podridas, y, por último, en
medio de esta baraúnda, me pareció que el Cristo estiraba los brazos y el
cuello, desperezándose con expresión de supremo fastidio.
II
Demos a conocer a la persona.
Parecerá que don Anselmo es tipo poco común, de estos
que más se ven en el artificioso mundo de la novela y el teatro que en la
escena de la vida, donde estamos todos formando este gran grupo social que hoy
nos parece una vulgaridad insigne y quizás lo es. Don Anselmo, al ser
presentado, en la singular escena que hemos descrito, en medio de tantos
rarísimos trastos, con este aparato de la Edad Media y sus ribetes de brujo o
buscador de la piedra filosofal, parecerá un personaje enteramente ajeno a la
actual Sociedad, una creación ideológica, sin ningún sentido ni aplicación, más
bien que retrato fiel de cualquier prójimo. Estas creencias se desvanecerán
cuando se sepa que el doctor Anselmo era hombre de aspecto tan poco romántico,
tan del día y de por acá, que nadie fijara en él la atención, a no ser renombrado
por sus nunca vistas manías y ridiculeces y por su disparatada conversación.
Era un viejo mal conservado, flaco y como enfermizo,
más bien pequeño que alto, con uno de esos rostros insignificantes que no se
diferencian del vecino si una observación formal no se fija en él con
particular interés. Sólo cuando hablaba se veían en su rostro los rasgos de una
vivacidad nada común. Sus ojuelos pequeños y hundidos tenían entonces mucho
brillo, y la boca, dotada de la movilidad más grande que hemos conocido,
empleaba un sistema de signos más variados y expresivos que la misma palabra.
Cojeaba de un pie, no sabemos por qué causa, y la mano izquierda no era del
todo expedita; tenía muy bronca y alterada la voz, y al andar marchaba tan
derecho en su camino, tan fijo y abstraído, que iba dando tropezones con todo
el mundo. Parecía tener una tenaz idea clavada en la mente, idea que no le daba
respiro, impidiéndole dirigir la atención a cualquier otro punto, y en su
marcha se le veía agitarse, mudar de color, gesticular, alterando todos los
músculos de su cara como el que sostiene una conversación acalorada con
interlocutores invisibles. El hablar consigo mismo era en él, más que hábito,
una función en perenne ejercicio; su vida, un monólogo sin fin.
El vestido no llamaba la atención aquí, donde hay un
museo de ridiculeces en perpetua exhibición por esas calles. Si fue su levita
objeto de curiosidad, a causa de la exorbitante altura de la solapa, charolada
por la grasa y el roce de 15 años, no hallamos en ninguno de los cronistas que
han tratado de este hombre extraordinario datos que induzcan a creer que el
público se fijara en la holgura de su chaleco, donde cabían cuatro doctores, ni
en la nunca vista forma de su corbata, que a veces, por una particularidad
frecuente en muchos sabios y en todos los que hablan solos, se le rodaba,
poniéndose el lazo en el cogote.
Era en sus costumbres de una sencillez y una pureza
ejemplares: comía poco, bebía menos y dormía, en las pocas horas que le dejaba
libres la fantasía, con bastante desasosiego, y soñando siempre tanto como
cuando estaba despierto. La mayor parte del tiempo la dedicaba al estudio del
cual, al decir de muchos, no sacó jamás ningún provecho, sino que, por el
contrario, se le enredara más la madeja de desatinos que en la cabeza tenía.
Vivía de cierta módica pensión que le daban no
sabemos dónde y de los cuartejos que había realizado vendiendo los últimos
restos de su fortuna. Parecía, en resumen uno de esos eremitas de la Ciencia
que se aniquilan, víctimas de su celo, y se espiritualizan,
perdiendo poco a poco hasta la vulgar corteza de hombres corrientes y
haciéndose unos majaderos que sirven para pocas cosas útiles y, entre ellas,
para hacer reír a los desocupados. Su hábito, su temperamento, su personalidad,
era la narración. Cuando contaba algo, era él, era el doctor Anselmo en su
genuina forma y exacta expresión. Sus narraciones eran, por lo general,
parecidas a las sobrenaturales y fabulosas empresas de la caballería andante,
si bien teniendo por principal fundamento sucesos de la vida actual, que él
elevaba a lo maravilloso con el vuelo de su fantasía.
Al contar estas cosas, siempre referentes a algún
pasaje de su vida, ponía en juego los más caprichosos recursos de la Retórica y
un copioso caudal de retazos eruditos que desembuchaba aquí y allí con gran
desenfado. Su estilo no carecía de arte, siendo, por lo general, difuso, vivo y
pintoresco.
Esto hará creer al lector que tenemos que
habérnoslas con algún literato desahuciado de la crítica, desheredado de los favores
populares, uno de esos que entregan a la miseria y al hastío una vida incapaz
de emplearse en el ejercicio del arte y en el pleno goce de la gloria. No; el
doctor Anselmo no era literato, ni sabemos que de su pluma saliera nunca otra
cosa que unas cuentas mal pergeñadas de las pérdidas de su casa y algún
memorial para hacer valer sus derechos a la pensión; era un hombre que tenía
metida en la cabeza una idea insana. Tal vez conociendo algunos detalles de su
vida y prestando atención al incidente que él mismo nos va a referir, sepamos
cómo llegó aquel entendimiento a
tal grado de desbarajuste y cómo se aposentaron en su cerebro tantas y tan
locas imágenes mezcladas de discretos juicios, tanta necedad unida a grandes
concepciones, que parecen fruto del más sano y cultivado entendimiento.
Tuvo el tal una juventud muy borrascosa, y desde su
primera edad se notó en él gran violencia de sentimientos, desbarajuste en la
imaginación, mucha veleidad en su conducta, y alternativas de marasmo y
actividad que le dieron fama de hombre destartalado y de poco seso. Cuentan que
se pasaba semanas enteras retirado de las gentes, triste, aburrido como un
santo, perdido en vanos éxtasis, de que no salía ni aun solicitado por sus
amigos; otras veces era tal su animación y alegría, que rayaba en delirio,
siendo difícil sustraerse a sus travesuras. Pero esto duraba poco, y a lo mejor
le veían otra vez solitario y abstraído, hecho un santo de palo, de esos que
miran al cielo y estiran un dedo como en expectación de alguna voz de arriba.
De esta manera le encontró la muerte de su padre, el cual le dejó considerable
fortuna, y entre otras cosas, una casa magnífica, donde el vicio, gran
coleccionador de obras de arte, había reunido infinidad de primores del
Renacimiento. Su familia era de las más nobles de Andalucía: llevaba el
apellido de Afán de Ribera, siendo, por la línea materna, de la casta de los
Silíceos, por lo cual se enorgullecía de ser pariente del arzobispo de este
nombre.
Al describir el palacio que le dejó su padre, el
doctor empleaba los más brillantes colores; daba a su relato tales visos de
cosa fantástica, que no era posible creerlo ni dejar de pensar que la imaginación del narrador era el principal
arquitecto de tan hermosa vivienda.
Casóse mi hombre con una joven de cuya hermosura
hablaba siempre pomposamente. Lo que pasó en este matrimonio nadie lo sabe, y
si es verdad lo que de boca del mismo doctor vamos a oír, fuerza es confesar
que el caso es raro y merece ser puesto entre las más curiosas aventuras que han
ocurrido en el mundo. Cuentan personas autorizadas que, en los meses que estuvo
casado, la enajenación, la extravagancia de nuestro personaje, llegaron a su
último extremo: se le veía entonces apartado de todo trato humano, buscando
sitios solitarios, a veces dominado por cólera inextinguible, a veces sumergido
en profunda melancolía, especie de somnolencia que le daba todo el aspecto de
un hombre sin sentido. Pocas veces le vieron con su mujer, para quien no tenía
ni aun las más ligeras amabilidades que el más adusto marido tiene con la suya.
Renegaba de sus suegros, hacía mil tonterías, hasta el punto de que la
maledicencia, afanosa por saber lo que allí pasaba, entró en su casa y no dejó
a nadie con honra.
La verdad no se sabe; murió Elena, que así se llamaba
su esposa, a los pocos meses de casada, y entonces empezó Anselmo a ser el
absurdo personaje que ahora conocemos. No volvió a tener reposado y claro el
juicio, siendo desde entonces el hombre de las cosas estrafalarias e inconexas,
cada vez más incomprensible, enfrascado en sus diálogos internos y agitado
siempre por la idea insana que llegó, poco a poco, a formar parte de su
naturaleza moral.
Perdió su fortuna, no sólo por abandono, sino
porque, suscitado un pleito insignificante por un pariente suyo, supo la curia
aprovecharse tan bien, que en poco tiempo quedaron todos los litigantes en la
miseria. Hubo quien dijo: «Es un gran filósofo; ved con qué resignación resiste
los golpes de la suerte.» Otros decían: «Es un loco; mirad con qué indiferencia
olvida sus asuntos.» Su estoicismo era objeto de burlas. Alguien quiso
favorecerle, compadecido de su desgracia; pero parece que le encontraron
orgulloso y poco dispuesto a admitir limosnas. También hubo jóvenes de candidez
tan extremada que le creyeron iniciador de un nuevo sistema filosófico que
había de pasmar al urbe. Esto provenía de que después de su pobreza se había
remontado a las alturas del guardillón, donde encendió una lámpara y se puso a
devorar libros noche tras noche sin darse reposo. Pero viendo todos la ninguna sustancia de aquel trabajo incesante,
encontrábanle cada vez más loco. Huyeron de él los que antes le tenían afecto o
lástima, y sólo había un reducido número de personas que iban a oírle contar
peregrinas aventuras, soñadas por él, sin duda, pues no existía un ser cuyo
papel en la Sociedad hubiera sido más pasivo.
El calificativo de doctor no provenía de ningún
grado académico, como en la mayor parte de los sabios; fue más bien un apodo
con que los amigos gustaban de satirizar sus hábitos de erudito. Los que iban a
oírle contar sus historias no carecían de gusto, porque éstas eran un tejido
asombroso de hechos inverosímiles, pero de gran interés, hechos amenizados
por pintorescas digresiones y que, tratados y escritos por pluma un poco diestra,
tal vez serán leídos. Referíanse por lo general, a apariciones de alguna sombra
que venía a pasearse por este mundo con el mayor desparpajo, y él la presentaba
como representación simbólica de alguna idea; tenía afición a toda clase de
símbolos, y en sus cuentos había siempre multitud de seres sobrenaturales que
formaban como una mitología moderna.
En todo esto entraba por mucho la erudición
adquirida en sus asiduas lecturas, que era en él como los archivos, en que todo
está revuelto, sin concierto ni orden ¡Quién sabe, gran Dios! Tal vez si en
aquella cabeza hubiera habido un catálogo, el doctor Anselmo sería uno de los
más extraordinarios talentos conocidos.
III
El doctor continuaba mirando aquel diabólico aparato
con ese abandono o negligencia que se pintan en el semblante cuando el
pensamiento está muy lejos del sitio en que se fija la vista.
Creeríase que le importaba poco el resultado de tal
experimento y que no le había de dar ni disgusto la verdad científica que con
el líquido circulaba por el tubo.
--Pero ¿cómo se ha dedicado usted a la Química?-- le
dije, seguro de que el sabio no daría contestación categórica.
--Para atar la loca-contestó--; para contenerla y
obligarla a que no me martirice más. Yo necesito estar siempre ocupado en algo:
la lectura me distrajo un poco, pero, al fin, llegué a cansarme de leer. Hace
poco vi en ciertos libros cosas que me llamaron la atención y no comprendí.
«Voy a ver lo que es eso» -- dije, «yo necesito meterme en experimentos.»
Compré esos trebejos y me puse a soplar y a observar. Una nomenclatura y un
manual me han bastado para distraerme unos días. Pero aquí no hay nada más que
un pasatiempo: cultivo la curiosidad, aunque sin fruto positivo. Que nadie
espere de esto ningún adelanto científico. La verdad es que mientras caliento
mi máquina y descompongo esos aguachirles, no pienso en otra cosa, y así me va
tal cual.
--¡La loca, siempre la loca! -- le contesté --. La verdad es, que la
imaginación, a quien con mucha propiedad llama usted de ese modo, si usted la
sujetase un poco, lejos de atormentarle, podría ser fuente fecundísima de
creaciones, cuya importancia usted más que nadie puede conocer. ¿Por qué no se
ha dedicado a las artes?
--¡Oh! Para el cultivo de las artes -- dijo,
volviendo la espalda al aparato -- se necesita una imaginación cuyo ardor y
abundancia se contenga en los límites naturales, una imaginación que sea una
facultad con sus atributos de tal y no enfermedad, como en mí, aberración,
vicio orgánico. Esa preciosa facultad, aunque exuberante en algunos, no llega a
dominar al individuo hasta el punto de imponerle una segunda vida; no es, como
en mí, la mitad completa de la naturaleza. Yo no sé por qué vine al mundo con
esta monstruosidad; yo no soy un hombre, o, más bien dicho, soy como esos hombres
repugnantes y deformes que andan por ahí mostrando miembros inverosímiles que
escarnecen al Criador. Mi imaginación no es la potencia que crea, que da vida a
seres intelectuales organizados y completos; es una potencia frenética en
continuo ejercicio, que está produciendo sin cesar visiones y más visiones. Su
trabajo semeja al del tornillo sin fin. Lo que de ella sale es como el hilo que
sale del vellón y se tuerce, es girar infinito, sin concluir nunca. Este hilo
no se acaba, y mientras yo tenga vida, llevaré esa devanadera en la cabeza,
máquina de dolor que da vueltas sin cesar.
--Es verdad -- dije maquinalmente, admirado de que
en su locura hubiera podido expresar tan bien y de un modo tan pintoresco el
deplorable estado de su cabeza.
--Yo soy esclavo de esto -- continuó --. Desde niño
vengo padeciendo los estragos de mi imaginación. Ella, en 50 años, me ha hecho
vivir 300. Sí, las falsas
sensaciones que yo, aunque apartado del mundo, he experimentado en mi vida,
suman las vidas, de seis hombres, he vivido demasiado, porque la fantasía ha
puesto en mi tiempo millones de días.
«Vamos-dije para mí mientras hacía con la cabeza una
respetuosa señal de asentimiento--, ya te engolfaste en tus manías y eres
hombre perdido por esta noche.»
--Soy muy desgraciado, el más desgraciado de los
hombres-- prosiguió el doctor-- Mis desdichas no tienen igual en el mundo ni se
parecen a nada de lo que leemos. Otros hombres son mortificados dentro de su
naturaleza, mientras yo me salgo en esto de la común ley de los dolores
humanos; porque soy un ser doble: yo tengo otro dentro de mí, otro que me
acompaña a todas partes y me está siempre contando mil cosas que me tienen
estremecido y en estado de perenne fiebre moral. Y lo peor es que esta fiebre
no me consume como las fiebres del cuerpo. Al contrario, esto me vivifica; yo
siento que esta llama interior parece como que regenera mi naturaleza,
poniéndola en disposición de ser mortificada cada día.
--Es particular--dije, no comprendiendo nada de
aquello de la llama interior y el ser doble, y el tornillo.
--No encuentro mi semejante en ninguna
arte--prosiguió--. Únicamente puedo llamar prójimos a los místicos españoles
que han vivido una vida ideal completa, paralela a su vida efectiva. Estos
tenían una obsesión, un otro yo metido en la cabeza. A veces he pensado en la
existencia de un entozoario que ocupa la región de nuestro cerebro, que vive
aquí dentro, alimentándose con nuestra savia y pensando con nuestro
pensamiento.
--¡Oh!, explique usted eso un poco más--dije, satisfecho
de ver entrar a don Anselmo por el camino de una extravagancia que parecía ser
muy divertida.
--No es más que una idea vaga... Si yo pudiera
exteriorizarme, expresar todo esto que hay en mí, de seguro se pasmarían muchos
que hoy se ríen de mis cosas.
--¡Oh! Si usted escribiera sus memorias, don
Anselmo--dije, afectando mucha seriedad, para que no desconfiase, --no habría
en antiguos ni modernos quien le igualara.
--Es verdad--contestó don Anselmo, cuyos ojos se
animaron con repentino fulgor--. Nadie me igualaría. Mi vida ha sido universal
compendio de toda la vida humana, ¿no es verdad?
--¡Ah! Sin duda. ¿Quién puede dudar eso?
--Usted, que me ha oído contar algunos sucesos, lo
comprenderá. ¿No es verdad que no hay nada más maravilloso que mi matrimonio?
¿Usted no recuerda aquel original suceso que le he contado, cuando me encontré
en presencia del más extraño fenómeno que se ha ofrecido a la observación
humana?
--No recuerdo de qué habla usted.
--Mi matrimonio, sí; yo se lo he contado a usted. Lo
que entonces se habló fue un embuste. Nadie supo la verdad de tan singular
acontecimiento.
--A mí no me ha contado usted maldita de Dios la
cosa--le dije, recordando que, a pesar de su franqueza y locuacidad, no había
hablado nunca, sino muy obscuramente, de aquel misterioso asunto.
--¿Que no se lo he contado? juraría que se lo referí
punto por punto la otra noche.
--Aseguro a usted, que no sé una palabra.
--¿No le conté a usted aquello de mi mujer, de aquel
hombre..., de aquel demonio- ... ?
--Nada de eso sé.
--¿Yo no he hablado con usted de mi palacio?
--Del palacio, sí, aunque ligeramente --dije,
recordando la fantástica pintura que de su casa hacía con frecuencia el doctor.
--¡Oh, estupendo, maravilloso! Mi padre tenía un
grande amor a las artes. ¡Que preciosidades, qué joyas!
--Sí, debía de ser magnífico--repetí para incitarle
a hablar y recrearme en el desborde siempre majestuoso de su verbosidad
fecunda.
--Aún me parece que estoy allí--dijo con una especie
de éxtasis--, y veo a mi mujer andando lentamente y con majestad, como ella
andaba; entrar allí, cerrar la puerta; me figuro que siento el ruido de sus
vestidos al caer, el sonido de su grueso collar de ámbar al ser puesto en el
platillo del guardajoyas.
--¡Oh!, siga usted, siga.
--La media noche es fecunda en imaginaciones. Ella
pasaba por delante de mí, dejando como un rastro de luz. Yo no dormía, porque
estaba alerta, siempre con el oído atento a aquella voz abominable.
--¿A la voz de Elena?
--No, no---dijo con furor-; a la voz de... La sangre
corrió de su herida...
--La señora estaba herida, sin duda.
--No, él; lo cual no impedía que me mostrara su
infame sonrisa y su mirada de demonio.
--Veo que ése es asunto complicado. ¿Anda en él
alguna persona de quien yo no tengo noticia?
--Sí; usted le conoce, todos le conocen; anda por
ahí. Yo le veo todos los días; hace pocas noches estuvo aquí.
--¿Quién?
--Ese... Pero voy a contárselo a usted
formalmente--dijo, como quien se decide, después de dudar mucho tiempo, a hacer
una importante revelación-- Usted oiría hablar entonces de mi esposa, de mí;
oiría mil necedades que distan mucho de la verdad. La verdad pura es lo que voy
a contar ahora.
El doctor Anselmo empezó a hablar, refiriendo su
extraño suceso con prolijidad encantadora: no perdonaba recurso alguno de
elocuencia; describía los sitios del modo más minucioso y tan al vivo, que
seducía su lenguaje. Había, sin embargo, cierta vaguedad y confusión en el
relato, y era preciso acostumbrarse a su peculiar estilo para encontrar el
método misterioso que sin duda tenía. Al principio, como su fantasía estaba más
suelta, divagaba de aquí para allí, entremezclaba la relación con sentencias de
su cosecha, con apreciaciones que tenían a veces pasmosa originalidad y a veces
una candidez cercana a la estulticia. Inútil es decir que había mucho de
novelesco en todo aquello y que en las descripciones, sobre todo, dejaba correr
muy descuidadamente la lengua. Risa causaba oírle describir su palacio, que, a
ser como él decía, no tendría igual en los más florecientes tiempos de las
artes. Dejaba afluir la vena de su erudición en llegando a este punto, y ni la
razón le contenía ni el temor de parecer mentiroso le refrenaba. No sabemos si
las mentiras que contó, y que vamos a transcribir, pueden tener, arregladas y
metodizadas, algún interés y visos de sentido común. Tal vez resulten menos
locas de lo que a primera vista parece; tal vez aparezca un rayo de lógica en
ellas, si se las considera como creación metafísica; tal vez, sin saberlo el
mismo doctor, había hecho un regular apólogo sacado del más amargo trance de su
vida, y él, sin sospecharlo siquiera, al agregar a
su cuento mil mentiras y exageraciones, había producido una pequeña obra de
arte, propia para distraer y aun enseñar.
Poco antes de haber empezado, entró doña Mónica, a
quien atraía el calor del hornillo, único rescoldo que había en la casa en las
noches de invierno. Franqueza digna de los tiempos patriarcales reinaba entre
los dos: ella tenía costumbre de arrimarse el aparato químico, y allí, si no
hacía media, se quedaba dormida con una beatitud, que el sabio no podía ver sin
admiración. El escuálido gato, que parecía alimentado con cloruros y bromuros,
dio algunos pasos por la habitación, como quien busca alguna cosa; probó varios
sitios, se instaló primero en un libro, y después entre dos pilas de Volta, y,
al fin, no gustándole ninguna de estas cosas, vino a tenderse perezosamente
entre los pies de la dueña.
El doctor Anselmo habló de esta manera:
IV
--Lo primero que voy a hacer es darle a usted una
idea de cómo era mi palacio, aquel palacio que heredé de mi padre, el más
entusiasta coleccionador de obras de arte que ha existido. Comprenderá usted,
al conocer por mi relato aquella vivienda, que bien podía esperar la felicidad
quien tales medios tuvo de satisfacerla, y, al mismo tiempo, le causará asombro
que yo, joven, rico, dotado, aunque me esté mal el decirlo, de cualidades
apreciables, fuera el más desgraciado ser de la Tierra. Yo me casé muy a gusto;
me casé satisfecho, lleno de entusiasmo, enamorado como un mozalbete; mi mujer
habitó conmigo aquella casa hasta que murió. Verá usted cuántas cosas pasaron
en tan pocos meses. ¡Qué inquisición, qué tormentos, qué horrible tortura
moral! Mi casa estaba
construida muy misteriosamente; al exterior no aparentaba nada de notable, pues
no era más que un caserón de estos que han quedado en Madrid del siglo pasado.
Interiormente estaban todas sus maravillas: como los alcázares de los árabes,
fue construida por un gran egoísmo o una extremada reserva, mi
padre realizó allí un sueño, expresó todo lo que
sabía o todo lo que había soñado. No sé qué medios empleó para ello ni qué
artífices trabajaron en la obra: parecía más bien cosa forjado por fuerzas
superiores, obra salida de las entrañas de la Tierra al empuje de una voluntad
diabólica. Examinada detenidamente, se veía allí como la historia y el proceso
del Arte en todos los tiempos. Mi padre era gran admirador de la antigüedad y
había querido representarla allí; más que delirio de un poderoso, era su casa
la realización de un sueño de artista, delirio simbolizado en la opulencia,
verdadera estética del millón. El jaspe, las estatuas, los relieves, las líneas
entrantes y salientes, las molduras y reflejos, la tersa superficie del mármol
del piso, que proyectaba a la inversa la construcción toda; la concavidad,
mitad sombría, mitad luminosa, de las bóvedas; la comunicación de las
arquerías, el corte geométrico de las luces, la amplitud, la extensión, la
altura, deslumbraban a todo el que por primera vez entraba en aquel recinto. A
medida que se avanzaba, era más grandioso el espectáculo y se ofrecían a la
contemplación espacios mayores y más bellos. Cada arquería abría paso a otro
recinto, se entrecortaban sus cornisas, engendrando en sus choques curvas más
atrevidas; los arcos se transmitían sucesivamente la luz, y esa luz, corriendo
de nave en nave para iluminar espacios cada vez mayores, parecía reproducir en
escala creciente un sencillo plantel, como si obrara allí la potencia refractiva
de enormes y disimulados espejos.
--Bueno, debía de ser eso--dije en un instante en
que el doctor se detuvo para tomar aliento.
--No he hablado todavía más que del
vestíbulo--afirmó--; lo demás...
--Pues si esto no es más que el vestíbulo, lo demás
será cosa tan bella que excederá a todo encarecimiento--observé, sin poder
contener mi asombro, al ver que las mentiras e hipérboles de mi amigo no tenían
límite y superaban a todo lo que en las cabezas más extraviadas y llenas de
necedad estamos acostumbrados a ver.
--Internándose--continuó--, se veía que la
arquitectura antigua dominaba allí, variando sus más hermosos estilos. El
decorado era cada vez más bello, sin que la profusión perjudicara la pureza y
armonía. Primero se reflejaba allí toda la graciosa sencillez de los antiguos
templos de Atenas; las mismas formas adquirían después esbeltez y gallardía,
modificadas por la mano del arte jónico. Más adelante la monótona tersura del
mármol desaparecía entre los colores del jaspe, el dorado brillaba en los
acantos del capitel corintio, en las dentículas y en las grecas. La figura
humana principiaba a manifestarse en las claves del arco, en los relieves
triangulares de las pechinas, en los monstruos híbridos que galopaban sobre el
friso, en las cabezas de sátiro, en las máscaras grotescas, cuyas bocas,
contraídas por la hilaridad anacreóntica, vomitaban flores y festones. Más
allá, las hijas de la Caria soportaban el arquitrabe, adornado con severidad, y
ya la figura humana aparecía completa en el muro: los centauros a un lado, las
amazonas a otro, sostenían sus luchas encarnizadas. Las ninfas, agrupadas en el
frontón, coronaban de rosas la cabeza de la víctima propiciatoria; los atlantes
sostenían, encorvados, el techo, mientras en los relieves se desarrollaban,
magníficamente esculpidas, las fábulas todas de los grandes desfacedores de
agravios de la Grecia, Hércules y Teseo. Las figuras eran mayores aquí, y las
actitudes y formas tocaban el límite de perfección del ideal antiguo. Todas las
figuras eran divinas, desde Prometeo a Deyanira; todos los monstruos eran
hombres, desde Polifemo hasta Briareo... El cuadrúpedo mismo, modelado por tan
hábil cincel, tenía una especie de humana expresión. Allí Pegaso era un rey que
trota y vuela, y Cerbero, un esclavo que ladra por tres bocas.
--Pero diga usted: para que hubiera tantas cosas era
preciso un espacio inmenso --le dije, picado ya de las enormes bolas que me
quería hacer tragar el bueno de don Anselmo, y deseoso de hacerle comprender,
por si quería burlarse de mí, que no era tan crédulo para embucharme aquella
máquina de desatinos.
La verdad era que ya estaba mareado con la pomposa
descripción de columnas, jaspes, cariátides y otras mil baratijas engendradas
en la mente de mi amigo. Yo sabía, por lo que oí referir a algunos viejos, que
el tal palacio no tenia de particular más que algunos cuadrejos, algunos vasos y dos o tres estanterías vetustas
que el padre de don Anselmo había comprado en una almoneda. No podía menos de
extrañar que a la riqueza artística del palacio diera tales proporciones el
alucinado narrador. Hícele algunos argumentos, extrañando que aquí, en Madrid,
existiese tan copioso caudal de obras de arte; pero él no se dio por entendido
y siguió en sus trece.
--En lo que parecía ser centro del edificio---añadió
con cierta gravedad que no se podía ver sin ser tentado a risa--, y bajo
elevadísima bóveda, veíanse innumerables obras de estatuaria. Había grupos
representando los hechos más famosos de la fábula helénica y figuras típicas de
incomparable hermosura, significadas con los nombres de las divinidades que
tienen atributos y representación más generales. Con los desastres de Ayax y
Oileo y los horrores de Tántalo y Prometeo formaba juego una serie de
esculturas que expresaban las aventuras igualmente célebres del don Juan del
Olimpo. Las pobres víctimas de su intemperancia eran gallardísimas figuras en
quienes se podían ver los efectos de una misma pasión con rasgos distintos
según el distinto aspecto con que se les presentaba el burlador inmortal. Todas
eran igualmente bellas, sin que Europa se pareciese en nada a Latona, ni Leda
tuviera semejanza alguna con Sémele. Júpiter era siempre el mismo dios de
concupiscencia y descaro, ya cuando aparecía en toda su majestad olímpica, ya
convertido en toro o disfrazado con las plumas del palmípedo.
--¡Qué diablo de Júpiter! Ese señor no perdonó
casada ni doncella--observé yo, a ver si por las burlas le obligaba a cortar el
vuelo de su disparatada fantasía.
Ni por ésas. Don Anselmo continuó:
--Esto que he descrito no es, en realidad, más que
un museo, la parte visible de la casa. La parte interior, lo habitable, era más
curioso aún.
«¡Más curioso aún!--dije para mi capote---. ¡Más
curioso aún! ¡Medrados estamos! ¿Adónde vamos a parar? Pues si todavía falta
palacio, este hombre me va a marear esta noche.»
--¡Lo que he descrito no es más que galerías!
--¡Nada más que galerías! ¡Qué horror! ¡Qué habrá en
las salas y en las alcobas! --exclamé alarmado.
--La gran sala no se parecía en nada a aquellas
magníficas construcciones donde imperaba la Arquitectura. En sus paredes no
había estilo: dominaba el detalle, y eran tantas y tan diversas las
preciosidades allí acumuladas, que en vano intentaría describirlas y
enumerarlas el más cachazudo clasificador.
«Buena me espera», pensé.
--Era un museo de artes de ornamentación, y aquí
cada objeto era una maravilla, y la excelencia de cada uno disimulaba la
abigarrada, pero sorprendente, perspectiva del conjunto. Muebles soberbios del
Renacimiento, fecundo en prodigios de ebanistería; cornucopias venecianas,
relojes del tiempo de Luis XV adornados con figuras mitológicas; relieves de
finísimo estuco representando cacerías y bailes campestres; candelabros,
bustos, trípodes y medallones se hallaban aglomerados en la pared; y junto a
ella, dejando entrever apenas la rica tapicería flamenca, cuyos colores,
siempre frescos, revelaban el cartón de Teniers o de Brueghel. No faltaban esas
caprichosas papeleras cuyos diminutos repartimientos ostentan pequeñas figuras
de consumado gusto, mosaicos e incrustaciones con palos de diferentes colores,
y al lado de estas piezas, veladores con planchas de porcelana en las cuales un
delicado pincel había representado infinidad de célebres cortesanas. No lejos
de estas bellezas terribles había vasos antiguos y modernos, ánforas doradas
con la filigrana del cincel arábigo y jarros de la India y Oceanía, donde se
enroscaban lagartos verdosos y alimañas de imaginación, toscamente labradas.
Ídolos malabares de vientre hinchado, ombligo profundo y orejas descomunales se
reían en un rincón con hilaridad de beodo o de simple, y más allá, vistosos
pájaros de América disecados alternaban con conchas africanas, ramos de coral,
un tríptico de la Edad Media, una cruz bizantina y relicarios egipcios, que...
--Baste, basta--grité levantándome--; basta, que ya
se me trastorna la cabeza. Esa diabólica confusión de cosas que usted tenía no
es para contada.
Sin duda, todos los calderos y cachivaches de su
casa se le antojaban al doctor vasos egipcios y cruces bizantinas. El no se dio
por ofendido con mi brusca interrupción y, muy entusiasmado, prosiguió:
--Buscar la simetría en este museo hubiera sido destruir su principal encanto,
que era la heterogeneidad y el desorden. Después de los primores geométricos de
las galerías; después de la simetría cruel del dórico y de la regularidad
deslumbradora del corintio, aquella mezcolanza de objetos diversos...
«No es tan grande como la que tú tienes en la
cabeza», dije para mí, envidiando la suerte del gato, que dormía tranquilamente
sin verse obligado a admirar las maravillas del Renacimiento.
--Aquella mezcolanza de objetos, en algunos de los
cuales se observaban órdenes multiplicados, la aglomeración de, piezas,
muebles, vasos, adornos, con el sello de países distintos y artes diferentes,
la amalgama de cosas bellas, curiosas o raras halagaban el entendimiento,
oprimido hasta entonces por la simetría, y daba libertad a la vista, antes
subyugada por la línea. Aquí los objetos reunidos con acertado desorden, las
infinitas soluciones de continuidad, la ausencia completa de proporciones,
producían inmenso agrado, y borrando todo punto de partida, evitaban al
espectador la fatiga que produce el involuntario medir a que se entrega la
vista en presencia de la Arquitectura. Los interiores, cuando son bellos, son
como los abismos: fascinan la vista, y el espectador no puede prescindir de
arrojar mentalmente una plomada y trazar en el espacio multiplicadas líneas con
que su imaginación trata de sondear el diámetro del arco, la altura del fuste y
el radio de la bóveda. En este involuntario trabajo mental, producido por la
armonía, la simetría, la proporción y la esbeltez, se fatiga la mente y flaquea
entre el cansancio y el asombro. Cuando no hay estilo y si detalles; cuando no
hay punto de vista ni clave, la mirada no se fatiga, se espacia, se balancea,
se pierde; pero permanece serena, porque no trata de medir ni de comparar; se
entrega a la confusión del espectáculo y, extraviándose, se salva.
Al decir esto calló para tomar aliento. Traguéme la
lección de perspectiva como Dios me dio a entender: la lección me parecía el
colmo de lo confuso y embrollado, pero no puedo menos de confesar que el doctor
me infundía respeto, y no me atreví a decir cosa alguna que pudiera ofenderle.
Así es que, a pesar de mi aburrimiento, tuve que inclinar la cabeza. Después de
descansar un momento, prosiguió:
--De este salón se pasaba a otros aposentos llenos
de cuadros.
--Sí..., ya comprendo: cuadros muy bonitos. Yo he visto
muchos cuadros--indiqué, para obligarle a apartar de mí la nueva tormenta que
ya sentía venir encima.
--En una de estas habitaciones hallábase la clave
del acontecimiento que voy a referir. Aún me parece que le veo y que está allí
todavía, con su elocuente mirada, su sonrisa llena de perfidias y engaños.
--¿Quién estaba allí?
--Diré a usted; mi padre poseía una buena colección
de cuadros un tanto licenciosos. Abundaban las desnudeces provocativas, casi
deshonestas; había jardines de amor bacanales, festines campestres y tocadores
de Venus. El fundador de tal
galería fue gran epicúreo y gustaba de recrearse en aquellos mudos testigos y
compañeros de sus orgías. Entre estas pinturas, había una que sobresalía y
cautivaba la atención más que las otras; representaba a Paris y Helena
reposando en una fresca gruta de la isla de Cranae. Hermoso era el rostro de la
mujer de Menciao; pero el del joven troyano era más hermoso aún. Habíale dado
tal animación el pincel, que parecía que hablaba y que infundía a Helena sus
pérfidos pensamientos. Siempre creí ver algo de viviente en aquella figura, que
a veces, por una ilusión inexplicable, parecía moverse y reír. A todos
impresionaba, y especialmente a mí. Recuerde usted bien esto, para que no le
sea difícil comprender la narración que va a seguir. Voy a contar la espantosa
historia.
--¿Conque en este cuadrito de Paris comienza la
historia? Debe de ser bonita.
--Ahora verá usted: yo me casé. Mi mujer vivía allí
conmigo. ¡Cuánto la amaba! Al principio asaltábame el sentimiento de que mi
vida sería corta y apenas podría disfrutar de tanta felicidad; pero al poco
tiempo de casado me entraron melancolías, di en cavilar... Yo soy un cavilador
sempiterno. Adoraba a mi esposa y tenía celos hasta del aire que respiraba.
«Ya se empieza a embrollar el asunto -dije entre
mí-; el casamiento, el cuadro de Paris, el amor caviloso que tenia usted a su
esposa... Esto es más confuso que el salón de antigüedades.»
Y en verdad, ya me pesaba haber provocado la
enfadosa relación del doctor, en la cual no encontraba interés alguno.
Digresiones, extravagancias: a esto se reducía todo. Me resigné, sin embargo, a
escuchar.
--Hubo en los primeros días de mi
matrimonio--continúa--momentos de inefable felicidad: me creí elevado,
espiritualizado, loco; sentía como una inflamación cerebral e impulsos de
correr, gritar, hablar a todo el mundo. Mas de pronto caía en el abismo de mis
cavilaciones, sumergiéndome en mi propia tristeza. Nadie me hacía decir
palabra. Tenía clavada en el pensamiento mi idea, mi tormento. ¿No sabe usted
lo que era?
--¡Qué he de saber, por mis pecados!
--¡Oh! -- exclamó, cerrando los puños, inflamado el
rostro y con un vivísimo fulgor en sus ojos--; era que yo pensaba... Un día
entré tarde en mi casa, entré y vi...
El doctor se paró un momento, absorto, ocultando la
cabeza entre las manos, y permaneció un rato en silencio.
Este silencio me permitió un momento de descanso y
miré en derredor mío, donde todo era tranquilidad. Un gruñido sordo turbaba el
silencio de la habitación: era doña Mónica, que roncaba, la cabeza como
enterrada en el pecho, libre de cuidados, feliz, dando rienda suelta a su
espíritu, que volaba libremente quién sabe por dónde. Sus labios, sombreados
por un bigotillo, se extendían formando hocico, y por allí y por su aplastada y
carnosa nariz, convertida por la violencia de la respiración en verdadero caño
de órgano, salía la ruidosa sinfonía que turbaba el profundo silencio del
laboratorio. El doctor, alzando de nuevo la cabeza, continuó:
--Mi boda fue repentina: no habían precedido esas
relaciones íntimas, furtivas, que enlazan las almas moralmente antes de ser
atadas las personas por el nudo religioso y civil. Yo no había sido su novio; y
aquello fue más bien cosa concertada por los padres, guiados por la conveniencia
que unión espontánea de dos amantes que se cansan de la vida platónica. Nos
casamos no muchos días después de habernos conocido; y de aquí creo yo que
provinieron todos mis males. Yo, no obstante, la amé mucho desde que resolví
unirme a ella. Pero llegó el día, y, no sé por qué, creí ver en su semblante
más bien las señales de la resignación que las de la alegría, lo que me
contristó sobremanera y me hizo meditar; mas cuando vine a sospechar si habría
hecho mal, ya estaba casado. Esto no impidió que tuviera momentos de felicidad,
como antes he dicho; pero pasaban rápidamente, dejándome después sumergido en
mis meditaciones. ¿Sabe usted cuál fue el tema de mi eterno cavilar? Pensaba de
continuo en mi esposa, sospechando de su fidelidad para lo futuro; esta idea se
clavó con tanta tenacidad en mi cerebro, que no me dejaba reposar. Me ocurrió
que debía ser un tirano para ella, encerrarla, evitar todas las ocasiones de
que pudiera engañarme: a veces fijaba mis ojos en los suyos, y quería leerle el
pensamiento. El asombro con que ella veía estas cosas mías, precisamente al
poco tiempo de casados, no es para referido: por último, empezó a tenerme
miedo; y a la verdad, yo lo infundía a cualquiera con mi siniestra austeridad y
reconcentración. Pugnaba por echar de mí aquella idea; llamaba a la razón, pero
ésta parecíame a veces más loca que la fantasía, y entre las dos me llevaban al
último grado de tormento.
--Pero ¿en qué se fundaba usted, hombre de Barrabás,
para esa descabellada sospecha?--le pregunté, buscando un rayo de lógica en las
cavilaciones del doctor Anselmo.
--En nada positivo por de pronto. Luego verá usted.
Ella me tenía miedo; yo lo conocía. Pero esto es inexplicable, usted no puede
comprenderlo.
Y, en efecto, nada comprendía de semejante jerigonza,
de aquellos hechos en que todo era confusión.
--Nada puede usted comprender por ahora, sino
después, cuando le explique todo lo que me pasó. Un día estaba ella en esa
habitación que he descrito últimamente; hallábase en pie delante del magnífico
lienzo de Paris y Helena de que hablé a usted. «¡Qué hermosa figura!» dijo,
señalando a Paris. Sí, repliqué yo, mirándola también. Y los dos contemplamos
un rato la belleza singular del incomparable mancebo. Después ella se marchó, y
yo tras ella...
«Cada vez entiendo menos», dije para mis adentros.
--Esto que acabo de contar explicará un poco mi
sorpresa, mi terror, cuando una noche entré en casa y vi...
--Pero ¿qué?-pregunté, deseando saber lo que vio
el doctor alucinado.
--Para que usted se haga cargo bien de esto, debo
ponerle en antecedentes de muchas cosas que influyeron mucho en el nunca visto
estado de mi espíritu. Aún recuerdo su alcoba, iluminada por misteriosa luz.
Entro y veo allí sus ropas arrojadas en desorden, sus joyas... Presto atención
y siento el ruido de su aliento; me acerco, tomo con trémula mano la cortina
del lecho, la levanto, la veo..., me siento junto a la cama ... ; sus labios se
mueven, me parece que va a hablar ... ; no dice nada, nada; pero a mí me parece
que sus labios han articulado silenciosamente una palabra que no llega a mi
oído ... ; me acerco más ... ; me parece que frunce las cejas y que después las
dilata ... ; fijo más la atención ... ; me parece que se sonríe.
--Todo eso no explica nada--observé, con cierto
enojo, al ver que de la boca del sabio no salían más que embrollos.
--Todo eso, amigo mío, sirve para explicarle a usted
cuál seria mi estupor, mi espanto, cuando vi...
--¿Qué vio usted, hombre? Sepamos ---dije con
impaciencia.
--Vi, vi...
El doctor no pudo continuar, porque un ruido
instantáneo, horroroso, una detonación tremenda, resonó en la habitación, y
claridad vivísima, rojiza, infernal, nos iluminó a todos. Lanzamos un grito de
terror. Era que una de las retortas que se calentaban en el hornillo reventó
con estrépito: el doctor, con su narración, había olvidado el experimento, y el
líquido, dilatándose considerablemente y no encontrando salida, se abrió
espacio, inflamándose al contacto del fuego. Hubo un instante en que aquello
parecía un infierno y todos unos demonios.
Doña Mónica despertó despavorida, gritando:
--¡Fuego, fuego!
Y se desmayó enseguida, cayendo como un saco y
aplastando con su cabeza la guitarra que muy cerca de ella estaba. El gato, que
recibió en su cuerpo una gran cantidad del líquido hirviente, saltó de donde
estaba lanzando chillidos de desesperación: el pobre mayaba, corría con el pelo
inflamado, los ojos como llamas, quemados los bigotes; corría por toda la pieza
con velocidad vertiginosa; subió, bajó, encaramóse al Cristo, saltándole de los
pies a la cabeza, de un brazo a otro brazo; cayó sobre un caracol, resbaló por
las botas de montar, enredóse en las ramas de coral, brincó sobre el esqueleto,
cuyos huesos sonaron rasguñados frenéticamente; cayó de nuevo al suelo, se
abalanzó sobre un ave disecada, cuyas plumas volaron por primera vez después de
un siglo de quietud; se estiró, se dobló, se retorció el infeliz, porque sus
carnes rechinaban como si estuviera puesto en parrillas; corría, corría sin
cesar, huyendo de sí mismo y de sus propios dolores, y, por último, fue a caer,
hinchado, dolorido, convulso, sediento, erizado, rabioso, en medio de la sala,
donde pateo, mayó, clavó las uñas, azotó el suelo con el rabo y dio mil vueltas
en su lenta y horrorosa agonía.
CAPITULO II
LA OBSESIÓN
I
Por fin sofocamos el fuego con gran trabajo,
impidiendo que se propagara la llama y nos consumiera a todos. La única víctima
fue el infeliz animal, que, habiendo recibido en su piel el líquido hirviente,
ardió como una mecha y pereció según dijimos, con dolores espantosos. Igual
suerte cupo a una buena parte del delantal de doña Mónica, donde abrió la llama
un boquete, después de haberle quemado a la señora los dedos al tratar de
apagarlo. El sabio no tuvo más serio percance que la total pérdida de un mechón
de cabellos que con inveterada tenacidad, más rebelde a la acción del tiempo
que a la de la pomada, se adelantaba sobre su sien derecha. Por fin se apagó el
incendio, y habiéndose marchado la vieja hecha un veneno a causa del percance,
que atribuía a las brujerías del amo, y dolorida por el triste fin del
micho, a quien apreciaba de corazón, el doctor continuó de esta manera:
--Yo no sé en qué fundaba mis sospechas: yo sé que las
tenía. Entraron en mí como entran las ideas innatas; mejor dicho, estaban en
mí, según creo, desde el nacer, ¡qué sé yo!, desde el principio, desde más
allá. Yo no sé qué espíritu diabólico es el que viene a decirnos ciertas cosas
al oído cuando estamos entregados a la meditación; yo no sé quién forja esos
raciocinios que entran en nuestro cerebro ya hechos, firmes, exactos, con su
lógica infernal y su evidencia terrible. Un día entraba yo (escuche usted
bien), entraba yo en mi casa, dominado por estos pensamientos; cuando me
acerqué a la habitación de Elena, creí sentir una voz de hombre que hablaba muy
quedo allí dentro; la voz calló de pronto. Advertían mi llegada... Después me
pareció sentir pasos precipitados, como quien huye, procurando hacer el menor
ruido posible. No puedo dar idea del repentino furor que se apoderó de mí; me
cegué, corrí, me abalancé a la puerta, la empujé fuertemente, la abrí de un
golpe, con tanto estrépito, que las paredes se estremecieron con esa convulsión
intensa de los edificios cuando los combate la tempestad o tiembla la tierra en
que están cimentados.
--Terribles fuerzas tiene usted--dije irónicamente,
reparando cuán poca semejanza había entre mi desdichado amigo y el tipo que de
Sansón nos hemos figurado.
--Sí, la puerta se abrió, y Elena se presentó ante
mí despavorida, trémula, con tan marcadas señales de espanto, que me detuve
sobrecogido yo a mi vez. Mi primera mirada escudriñó la habitación en un
segundo. No había allí ningún hombre; la ventana no estaba abierta; la puerta
interior, cerrada también; era imposible que en el instante que medió entre el
ruido de la voz y mi entrada pudieran ser echadas las llaves y cerrojos, no
habiendo tiempo material tampoco de que una persona saliese por la puerta o
saltara por la ventana. Registré todo: no vi nada. Pero yo había oído aquella
voz, estaba seguro de ello, y no era fácil que me convencieran de lo contrario
ni la evidencia de no encontrar allí hombre alguno, ni las ardientes protestas
de Elena, que en su dolor halló palabras bastante fuertes para increparme y me
llamó visionario y loco. Juróme que estaba sola; que al entrar yo de aquella
manera creyó morirse de miedo, y que no podía explicarse mi conducta sino por
una completa alteración de mis facultades intelectuales.
--¡Qué extrañas ideas!--dije yo, considerando cuál
debía de ser el terror de aquella infeliz al ver entrar repentinamente a su
marido, furioso y extraviado, asegurando que había oído la voz de un hombre
dentro de la habitación.
--Extrañas, sí--contestó el doctor--; pero cada vez
más vivas y más claras. Yo no podía desechar mi idea; la impresión que en mi
oído había hecho la voz era tal, que aún me dura, y entonces, sólo dudando de
mi existencia, sólo creyendo que yo no era persona real, podía tomar aquello por
ilusión. No lo era ciertamente, y mucho más me confirmé en ello cuando a la
noche siguiente...
--¡Pobre mujer! ¡Qué noche! Sin duda volvió usted a
hacer la noche siguiente otras atrocidades por el estilo.
--Sí--continuó--; a la noche siguiente presencié un
fenómeno que ya me quitó la esperanza de ver claro en aquel asunto. Lo que me
pasó, amigo, excede ya los límites de lo natural, y aun hoy es para mí la
confusión de las confusiones. Entré en mi casa, y vagué largo rato solo y
abstraído por aquellos salones, donde todo me causaba pesadumbre y hastío: pasé
por aquella sala que he descrito, donde se hallaba el cuadro de Paris y Helena,
y me helé de asombro al ver... Es el fenómeno más estupendo que puede
concebirse. La figura de Paris no estaba en el lienzo. Creí equivocarme, me
acerqué, toqué la tela, encendí muchas luces, miré, remiré... La figura de
Paris, ¡ay!, había desaparecido; estaba sola Helena, y la expresión de su cara
había cambiado por completo, siendo triste y desconsolada la que antes aparecía
satisfecha y feliz. ¿Qué infernal pintura era aquella en que una figura se
evaporaba, se borraba, se iba como si tuviera cuerpo y vida? No podía yo dejar
de contemplar el maldito cuadro, y decía: «Pero ¿dónde está este diablo de
hombre?»
--Sí; ¿dónde estaba ese diablo de hombre?--pregunté
a mi vez, sorprendido de que la alucinación del doctor llegara a tal extremo.
¿Dónde estaba ese diablo de hombre?
--¿Dónde estaba? Atraído por una fuerza
irresistible, por mis pensamientos, por mis celos, corrí al cuarto de mi
esposa. Al acercarme sentí la misma voz que la noche anterior, los mismos
pasos. No puedo describir mi furor. «Era cierto lo de anoche», pensé, y me
arrojé hacia la puerta. «¡0h, han cerrado!», exclamé, y golpeándola
fuertemente, mejor dicho, arrojando sobre ella todo el peso de mi cuerpo, la
abrí, rompiéndola. Al entrar vi que la ventana que da al jardín estaba abierta,
y que una sombra, un bulto, un hombre saltaba por ella. Esto fue tan rápido,
que apenas lo vi; no vi más que su cabeza en el momento de desaparecer, sus
manos en el instante de desasirse del antepecho. Corrí, me asomé y no vi nada;
la noche era obscurísima. Sólo creí sentir el golpe de un cuerpo que cae. Elena
me miraba atónita, con un pavor indescriptible; perdió el sentido, y esta vez
no pudo decirme que era visionario y loco, porque le faltó el habla y cayó a
mis pies como una muerta. Mi afán era perseguir a aquel hombre hasta
encontrarle, hasta matarle. Bajé precipitadamente al jardín, y lo recorrí con
ansiedad imposible de describir: las tapias eran muy altas, y por diestro y
ágil que fuera un hombre no podía saltarlas en el breve espacio de tiempo que
yo tardé en bajar. Registré todo: en el jardín no había nadie; pero éste se
comunicaba con un patio solitario de elevadísimas paredes; fui allá, y apenas
había dado algunos pasos cuando vi una sombra que se deslizaba cautelosamente
por entre los montones de piedras que allí había para construir uno de los
pabellones del palacio. Me puse en acecho a ver si, efectivamente, era un hombre
o una imagen de esas que crean, confabulándose, la noche y la imaginación. Era
un hombre; le vi andar agachándose para no ser descubierto, y no sé por qué me
parecía que, a pesar de la oscuridad de la noche, distinguía en su rostro las
facciones de aquella figura pintada, cuya desaparición del cuadro me daba tanta
inquietud y confusión. La sombra, el hombre o lo que fuera, se acercó muy
despacio, y siempre recatándose, a un pozo sin brocal que allí había, de esos
que abren los albañiles durante una construcción para tener el agua más a mano.
Con asombro mío se introdujo en el pozo lentamente; vi su cuerpo bajar poco a
poco y desaparecer; después no vi más que el busto, después la cabeza tan sólo;
por fin, una mano que permaneció agarrada al borde. Estuve un rato indeciso y
mirando atentamente aquello. Un momento después sacó con lentitud y cautela la
cabeza, como para ver si yo le observaba, y enseguida la escondió
repentinamente. La mano desapareció al fin. Acerquéme entonces, y vino a mi
imaginación una venganza terrible. Como si mi cuerpo obedeciera todo a mi
desenfrenada pasión, sentí duplicarse mis fuerzas y adquirí un vigor
extraordinario; cogí la piedra más grande que podía levantar, la alcé con ambos
manos a la altura de mi cabeza, me puse de un salto en la orilla del pozo y la
arrojé dentro, impeliéndola vigorosa, porque me parecía que su propio peso no
bastaba. Cogí después otra mayor, y con la misma furia la arrojé también, no
deteniéndome hasta asir la tercera, porque el furor me redoblaba las fuerzas.
En diez minutos arrojé dentro más de 50 piedras. Esto no me parecía bastante;
empuñé una pala que allí cerca había, y eché tierra por espacio de media hora.
Volví a arrojar piedras, y dos horas después de un trabajo incesante el pozo
había desaparecido y el piso quedó perfectamente nivelado. Aún me pareció poco,
y me senté sobre mi obra exaltado, trémulo de fatiga, permaneciendo allí toda
la noche como centinela de mi victoria, convertido en cenotafio de aquella
tumba para velarla y cubrirla. A veces parecíame que un Titán levantaba desde
abajo todas las piedras y toda la tierra que yo arrojé. Hubiera querido ser
estatua y ser de plomo para pesar sobre mi víctima eternamente. La aurora vino
a dar alguna luz a mi entendimiento. «¿Qué he hecho, Dios mío?» dije,
retirándome y buscando en los recursos ordinarios de la lógica la solución de
aquel enigma; ¿era realmente un hombre o no?
--Es preciso confesar, amigo---dije sin poderme
contener-, que si era hombre, fue usted un bárbaro, y si era sombra, fue
usted un necio.
--No me juzgue sin conocer el resto --continuó--
Cuando subí, mi primera diligencia fue mirar de nuevo el cuadro de Paris. La
figura del hombre estaba en su sitio. Pero no pude contener un estremecimiento
de terror y un frió glacial cuando el rostro pintado de troyano se volvió hacia
mi, me miró y se rió el maldito con expresión tal de burla, que se me erizaron
los cabellos.
--Eso si que es particular--dije yo--, y excede en
rareza a todo lo anterior.
--¿No es verdad, amigo, que esto parece un cuento
inverosímil?
--¡Ya lo creo! Es tan inverosímil!
--Aquel día--prosiguió--la consternación reinaba en
el cuarto de mi mujer. Rodeábanla sus padres y algunos parientes oficiosos, de
esos que acuden a todos los trances, aun cuando no sean llamados. Lloraba ella,
y el iracundo conde Torbellino, su padre, aseguraba que había casado a su hija
con el más fiero de los monstruos imaginables. Su madre, que era una vieja
coqueta, procuraba consolarla, diciendo que no hiciese caso de mis
extravagancias y tomara con calma aquellos arrebatos de frenesí que tanto la
mortificaban. Cuando quedamos solos, Elena, arrojada a mis plantas, protestó de
su inocencia, añadiendo que todo era una pura aprensión mía; que allí no había
entrado hombre alguno, que por el balcón no había bajado nadie, que la puerta
estaba abierta; en fin, tantas y tales cosas, que yo, aferrado siempre a mi
idea, y seguro de la realidad de lo que habla visto, fluctuando en las más
atroces dudas, porque su voz tenía el acento de profunda entereza, creí volverme
loco, y a ello me conducía sin remedio aquella fatal y nunca vista situación.
--Pero, hombre de Dios--le dije--, ¿no había algún
medio de adquirir una completa certidumbre?
--Ninguno, porque todo se volvía en mi daño, porque
cada día me llevaba a un nuevo suplicio, siendo tales los sucesos anormales que
no me daban tiempo de reposar, buscando serenidad y luz. Los acontecimientos
que he referido a usted no son más que la preparación o el prólogo de los que
ahora le voy a contar, que es cosa sin igual en la vida, pues no tengo noticia
de que a ningún ser humano le haya acaecido tan extraordinaria y profundísima
desventura. En algunos momentos hallábame satisfecho de mí mismo, porque creía
haber puesto, con mi decisiva acción de la noche, término a aquel incidente
funesto. Dábalo todo por concluido; y cuando tal pensaba, ni la idea de haber
cometido un gran crimen bastaba a colmar el gozo que por tal consideración
sentía. Pero, oiga usted esto, que es el colmo de lo maravilloso. Paseábame en
mi cuarto, entregado a mis normales meditaciones, cuando dieron unos golpecitos
en la puerta: me admiró que alguien entrara sin ser anunciado, y dije:
«Adelante.» Figúrese usted, amigo, cuál sería mi estupor cuando vi entrar en mi
aposento.... ¿a quién cree usted?: al mismo Paris, la misma figura del cuadro,
pero animado, vivo; un hombre, en fin, un semidiós con levita, sombrero,
guantes y bastón; un bello ideal convertido en caballero del día, como otros
muchos que van por ahí. Era su rostro malicioso y agraciado, irónica su
sonrisa, la mirada penetrante y viva, el mismo Paris, la misma persona del
lienzo hecha un ser real, un hombre del siglo XIX juzgue usted de mi turbación:
creí soñar, retrocedí espantado, quise llamar, ocurrióseme huir; pero él,
descubriéndose respetuosamente y haciéndome algunas cortesías, acabó de
convencerme de que tenía ante la vista a un caballero real y positivo, a quien
por de pronto debía tratar como tal, correspondiendo a su mucha urbanidad y
finura.
II
--¿Sabe usted, amigo don Anselmo, que eso ya pasa de
maravilloso?--le dije--, Pero ¿es posible que la imaginación, por ardiente que
sea, tenga fuerza bastante para dar cuerpo a una idea de este modo?
--Yo no sé, amigo mío--contestó--; yo no sé lo que
era aquello; no sé sino que yo le veía como le estoy viendo a usted ahora. Era
hermoso, de una belleza no común, un conjunto de todas las perfecciones físicas
tal como yo no lo había visto nunca, a no en las obras del arte antiguo. Vestía
con elegancia correcta y sería, como todos los que tienen el verdadero sentido
y la exacto noción del bien vestir; era, en fin, perfecto en su rostro, en su
cuerpo, en su traje, en sus modales, en todo.
--¡Cosa más particular!--exclamé--. Pero ¿usted no
le tocó, no trató de cerciorarse si era sueño, aparición, uno de esos
singulares e incomprensibles fenómenos ópticos que, cuando hay fantasía
preparada para recibirlos, produce la reflexión de la luz?
--Yo no sé lo que aquello era; lo que le puedo asegurar
es que tenía cuerpo real, como el de usted, como el mío, y una voz cuyo timbre
no era parecido a otro alguno.
--Pues qué, ¿también habló?--dije, asombrado--. Yo
creí que se iba a marchar después de saludar a usted, como hacen todas las
apariciones.
--¡ Marcharse!, nada de eso. Verá usted. Al principio no sabía yo qué
hacer; no sabía si llamar o huir, temiendo que de aquella visita no resultara
cosa buena; pero, por último, me esforcé en tener serenidad, y después de
balbucir algunas palabras le señalé un asiento. Resolvíme a hablar claro, y
dije:
--¿Puedo saber...
--¿A qué vengo?--contestó- Sí, señor; vengo a
hacerle a usted un señalado favor.
--¿Un favor? Tenga usted la bondad de explicarse,
porque no estoy al cabo… No tengo el gusto de conocerle.
--Sí, me conoce usted, y no hace mucho--dijo con
maligna sonrisa--; anoche, sin ir más lejos...
--¡Anoche!
--Sí, anoche. ¿No se acuerda usted de aquel furor
con que arrojaba piedras en un pozo, consiguiendo llenarlo al fin?
--Estas palabras y su sonrisa me helaron la sangre
en las venas. El no parecía preocuparse de mi turbación, y continuó:
--Precisamente venía a hablar con usted y decirle
que son inútiles todas esas armas que ha tratado de emplear contra mí. Ha de
saber usted, caballero, que yo soy inmortal.
--No puedo pintar a usted la turbación que en mi
produjo esta palabra: ¡Inmortal! «Pero ¡este hombre es el demonio!», me dije yo
para mí, y no podía hablar palabra, porque se me había hecho un nudo en la
garganta.
--Sí, señor, inmortal--repitió con desenfado.
--¿Y quién es usted?-pregunté, haciendo un esfuerzo.
--Yo soy Paris.
--¡Paris! Yo creí que eso era cosa de mitología o
historia heroica.
--Así es, efectivamente; pero ahora no hagamos una
disertación sobre mi nombre y origen; yo tengo prisa, y no puedo detenerme aquí
mucho tiempo. El objeto de mi visita es decir a usted que se cansa en vano
persiguiéndome; a mí no se me mata con puñales ni pistolas, ni enterrándome
vivo. Resígnese usted, ¡oh don Anselmo! Todo es inútil: no hay más remedio que
bajar la cabeza y callar. Alguien allá arriba ha dispuesto las cosas de este
modo.
--Caballero -- dije en el colmo de la ansiedad y
procurando dominar tan singular situación--: advierto a usted que no puedo
tolerar burlas de esta clase. Tenga usted la bondad de salir.
--Poco a poco, señor mío; usted tiene mal genio;
usted es insoportable; así ha inspirado tanto horror a la pobre Elena.
--¿Cómo se atreve usted a nombrarla?
--¿Por qué no? ¡Si ella me ama!---exclamó,
sonriendo.
--¡Monstruo!--grité, levantándome con furia y
amenazándole--; calla, o si no, aquí mismo...
--¡Cuidado!--dije a mi vez, haciéndome un paso
atrás, al ver que don Anselmo, contando aquel pasaje, se levantó, dirigiéndose
a mi con los puños cerrados, como si yo fuera la infernal aparición que tanto
le había atormentado.
--Recordando aquello--prosiguió, más sereno, el
doctor--me exaspero de tal modo que no me puedo contener. Cuando yo le amenacé,
él se quedó tan frío como si tal cosa. Se sonrió y me miró con esa compasión
desdeñosa y un tanto burlona que inspiran los hechos y palabras de locos. Su
serenidad me desesperaba más, su sonrisa me mataba; no sé qué hubiera dado por
poder estrangularle. Después, como si mi cólera tuviera tanto valor como las
rabietas de un niño, Paris continuó:
--Ella me ama; nos amamos nos presentimos, nos
acercamos por ley fatal, usted me pregunta que quién soy: voy a ver si puedo
hacérselo comprender. Yo soy lo que usted teme, lo que usted piensa. Esta idea
fija que tiene usted en el entendimiento soy yo. Esa pena íntima, esa desazón
inexplicable soy yo. Pero existo desde el principio del mundo. Mi edad es la
del género humano, y he recorrido todos los países del mundo donde los hombres
han instituido una sociedad, una familia, una tribu. En algunas partes me han
llamado Demonio de felicidad conyugal; pero yo he despreciado siempre
este apodo y otros parecidos, y me he resuelto a no llevar nombre fijo; así es
que me llamo Paris, Egipto, Norris, Paolo, Buckingham, Beltrán de la Cueva,
etcétera, según la tierra que piso y las personas con quienes trato En cuanto a
mi influencia en los altos destinos de la Humanidad, diré que he encendido
guerras atroces, dando ocasión a los mayores desastres públicos y domésticos.
En todas las religiones hay un decretito contra mí, sobre todo en la vuestra,
que me consagra entero el último de sus mandamientos. Los moralistas se han
atrevido a desafiarme, y los filósofos han tenido el mal gusto de publicar unos
libelos impertinentes contra mi humilde persona, permitiéndose algunos hasta la
tentativa de emplear medios para extirparme de raíz, ¡imbéciles!, como si yo
fuera un callo o un absceso. Han pretendido acabar conmigo, como si yo pudiera
perecer, como si la inmortalidad estuviera sujeta a la acción de los agentes
mortíferos de que disponen. Así es que por decoro y amor propio me veo en la
precisión de continuar desempeñando mi papel de plaga con toda la diligencia y
recursos de que mi doble naturaleza es capaz. Aquí me ve usted siempre activo,
siempre eficaz; los grandes centros de población son mi residencia preferida,
porque ha de saber usted que los campos, las aldeas, los villorrios, me son
antipáticos, y sólo de tiempo en tiempo me tomo la molestia de visitarlos por
pura curiosidad. En las capitales es donde me gusta vivir. ¡Oh!, siempre he
amado estos sitios, donde la comodidad, la refinada cultura y la elegante
holgazanería me ofrecen sus invencibles armas y eficacísimos medios. La
esplendidez y la voluptuosidad me gustan: soy tan sibarita como mi antigua
amiga Semíramis, a quien di la inmortalidad. Crea usted, amigo, que Babilonia
valía más que estas poblaciones de que están ustedes tan envanecidos; sí, valía
más. Y en cuanto a vestidos, prefiero los ligeros cendales de los antiguos
tiempos, y me molesta el tener que doblegarme a las exigencias del pudor
moderno, ente maligno a quien no he podido sobornar sino a medias en punto a
trajes. Por lo demás, no me va mal; los moralistas me vituperan y los
filosofastros me tratan como si fuera un mal sofista; pero me importa poco. Los
que no son suficientemente tontos ni han perdido el seso necesario para ser
filósofos me aplauden, me miman me señalan cuando me ven; las mujeres son mis
más sinceras amigas, aunque algunas me tratan con cierta desconfianza,
producida más bien por las calumnias de los sabios que por mi propio carácter;
otras se muestran un tanto benignas conmigo, y algunas me hablan de sus maridos
en un estilo que me hace reír. Esa es mi literatura. Por otra parte, yo no soy
ambicioso; soy de los que dicen tengo lo que me basta, y detesto la
anarquía conyugal, procurando aplacarla siempre, en unión con algunos
moralistas domésticos, que saben el modo de no provocar esa anarquía,
cultivando mi amistad, siempre desinteresada. No me gusta el escándalo, y
siempre pongo en práctica los más silenciosos medios para llegar a un fin más
silencioso aún; ya he abandonado el medio antiguo y desacreditado de los
escarmientos, de las sorpresas, de los sobornos, por distinguirme de cierta
falsificación mía que anda por el mundo, un tal Don Juan, que es un
usurpador insolente y, además, una plaga poco temible. Conque, amigo, no
asustarse y concluyamos pronto. Sepa que está escrito, como diría un musulmán.
Soy como la muerte: suena la hora y vengo. Evitarme es tan imposible como
evitar a mi cofrade.
Cuando oí esta relación, resolví hacer un esfuerzo a
ver si podía descifrar el espantoso enigma. Afectando una serenidad que no
tenía, y tomando el asunto con la calma decorosa que me pareció conveniente, me
levanté y dije:
--Caballero, sepa usted que estoy dispuesto a no
tolerar sus inconveniencias. Sepa usted que tengo la edad suficiente para no
creer en brujerías, ni la paciencia que se necesita para sufrir las locuras de
usted.
--Este hombre no me quiere entender. ¿Sabe usted que
Elena es mía?--dijo, después de reír con estrépito, con la expresión de
desahogo que da la resolución de no alterarse por nada.
--No pronuncie usted más ese nombre grité sin poder
contener mi cólera.
--Pero si precisamente vengo por ella... --dijo
Paris con una acentuación maligna que me erizó el. cabello.
--¡Infame! ¿Qué dices? ¡Por ella! exclamé,
arrebatado.
--Si, por ella; anoche quedamos de acuerdo, y...
--¿Anoche? ¡Ay, yo estoy loco! Demonio, hombre
infernal o lo que seas, explícame este obscuro enigma; yo no puedo vivir así;
yo quiero saber qué es esto... Pero Elena es inocente; ella me ha jurado, que
no te ha visto jamás.
--Sí, me ha visto.
--¿Cuándo?
--Siempre, a todas horas. Pero usted no entiende
estas cosas; voy a explicárselo claramente.
III
Descansó mi don Anselmo un rato, porque la relación
anterior, con sus diálogos entrecortados, le había fatigado mucho. Cuando
reposó un momento, procurando calmar la agitación que le devoraba, siguió el
relato del modo siguiente:
--La sombra, el demonio, el semidiós, la pintura o
lo que fuera, me miró un rato con aquella sonrisa maliciosa que tan bien
ejecutara el artista en el cuadro donde anteriormente estaba, y después me
dijo:
--Ella me ha visto, sí; me ve en todas partes.
Cuando pronunció aquel sí, copulativo, que tan envanecido tiene a su esposo, me
vio en el altar, en las luces, en el blanco ropaje de su vestido, en los negros
paños del fraque de usted. Desde entonces me encuentra en todas partes; en
todos los reflejos halla la luz de mis miradas, en todos los ecos oye mi voz,
en su propia sombra ve la mía... Abre su libro de oraciones, y las letras se
mueven para formar mi nombre: habla con Dios, y sin querer me habla; cree
escuchar el ruido del aire, el sonido profundo y perenne de la Naturaleza, y
escucha mis palabras; está despierta, y me espera; está sola, y me recuerda;
duerme, y me invoca. Su imaginación vuela agitada en busca mía sin reposar
nunca. Yo vivo en su conciencia, donde estoy tejiendo sin cesar una tela sin
fin; vivo en su entendimiento, donde he encendido una llama de alimento sin
tregua. Sus sentimientos, sus ideas, todo eso soy yo; conque a ver si tengo
motivos para decir que me ha visto.
--¡Espíritu infernal!--grité aturdido y como
fascinado--, yo no comprendo una palabra de esa jerigonza. ¿No dices que vienes
por ella?
--Sí.
--¡Infame!, sal al punto de mi casa --exclamé,
procurando sacudir mi aturdimiento.
--No me iré sin ella.
--¡ Maldito! ¿Pues no dices que pasó la época de los raptos?
--Me explicaré: lo que yo quiero llevarme no es la
persona de Elena; lo que yo quiero llevarme es tu mujer.
--Sofista, embrollón, ¿y qué diferencia encuentras
entre mi mujer y la persona de Elena?
--Mucha, señor don Anselmo amigo --contestó.
--Hízome una relación sutil y laberíntica que acabó
de llevar mi pobre cabeza al último grado de turbación. No puedo menos de
confesar que su voz me fascinaba, y que me parecía distinta de todas las voces
que estamos acostumbrados a oír. Y si dijera que en medio del espanto, del
trastorno que yo sentía, causábanme sus lucubraciones cierto asombro parecido
al agrado, no mentiría ciertamente.
--Confieso, señor don Anselmo--dije--, que nunca he
oído narrar cosa alguna que se parezca a ese singular caso de usted. La
aparición que se presenta de ese modo, su lenguaje, la familiaridad con que
habla, todo me parece tan absurdo que, a no ser usted el que lo cuenta, lo
juzgaría pura invención, obra de escritorzuelos y demás gente enemiga de la
verdad.
--Pues es tan cierto que le vi y le hablé y me dijo
lo que he referido, como es cierto que usted y yo existimos y estamos aquí
charlando.
--En verdad, es cosa inaudita--apunté yo--que la
imaginación, sin ninguna influencia externa, pueda dar vida y cuerpo a seres
como ese diablo de Paris que a usted se le presentó tan a deshora. Es indudable
que ese caballero no era otra cosa que la personificación de una idea, de
aquella idea constante, tenaz, que usted desde tiempo atrás, y principalmente
desde su boda, tenía encajada en el cerebro. Lo que no puedo explicarme es cómo
adquirió existencia material y corpórea esa idea; ni sé a qué clase de
generaciones espontáneas se debió ese fenómeno sin precedentes en la historia
de las alucinaciones. Pero siga contando a ver en qué para eso.
--Lo que él me dijo se ha quedado grabado en mi memoria
de un modo indeleble---continuó el doctor, dando un suspiro--. Nada tengo tan
presente como lo que me contestó cuando le pregunté qué diferencia había para
él entre la persona de Elena y mi mujer. Habló de este modo:
--Yo no quiero la persona de tu mujer. La esposa,
amigo mío, la esposa es lo que
busco; quiero cargar con la mitad de su lecho de usted y enseñarlo a todo el
mundo. No quiero romper por eso la institución: yo respeto el sacramento; pero
he de llevarme una cosa que excede en valor a la institución y está por encima
del sacramento... Tres poderes establecen el matrimonio: el civil, el
eclesiástico y otro que no está en manos del vicario ni del cura y si en manos
de eso que llamáis vulgo, sociedad, gente, público, canalla, vecinos, amigos, mundo,
en fin. Ya sabe usted que el mundo rompe ciertos lazos que parecen
inquebrantables. Pues bien: yo quiero llevarme de aquí lo que el mundo necesita
para quebrantar estos lazos; quiero llevarme la abdicación de la personalidad
de marido el consentimiento de su flaqueza. Así daré alimento al vulgo, a la
gente que vive de esto. Todos me preguntarán por ti y por ella; mas mi sola
presencia es respuesta definitiva, porque yo soy por mí mismo la negación del
lazo que os une. Quiero llevar fuera el amor que ella me profesa; hacer público
lo que hoy está sólo en su imaginación, un mal pensamiento; lo que hoy está
sólo en tu cabeza, una sospecha. Quiero hacer de tus dudas, de tus celos, de
tus decepciones, de tus tonterías, de tus deseos, de tus locas ilusiones, un
gran libro que pasará de mano en mano y será leído y releído con afán. Quiero
sacar de aquí los dolores que padeces, la repugnancia y el horror que le
inspiras. Quédate con su persona: yo no la apetezco. Lo que llevaré y sacaré a
pública plaza es: las miradas que me dirige, las citas que me da, los favores
que me concede, los desaires que te hace, las reticencias que deja escapar
hablando de ti, el epíteto de bueno que te propinará de vez en cuando. Lo que
me llevaré es la opinión de su doncella, de tu lacayo, prontos a contar por
dinero una historia; me llevaré la clave de tus distracciones oportunas, de mis
entradas a tiempo. Quédate con tu esposa: yo no haré más que pasearme ante ella
y ante todos, recibir la exhalación de sus ojos en presencia de centenares de
personas, difundir por mi cuerpo su perfume favorito, recorrer las calles de
modo que en cualquier parte parezco que salgo de aquí, y en la obscuridad de la
noche proyectar mi sombra sobre las tapias de tu jardín. Eso es lo que yo
quiero.
--Cuando escuché esto, amigo mío, mi furor fue tan
grande, que hice algún movimiento para pegarle; y lo habría conseguido si una
fuerza secreta, una especie de terror como respetuoso, no me contuviera.
--Veo que ese Paris, que se presentó cortésmente en su
casa de usted, acabó por tratarle con familiaridad irreverente--le dije--. He
notado que al fin le tuteaba a usted.
--Sí; aquel maldito, a poco de estar hablando
conmigo, se dejó de composturas; tomaba en sillón posiciones cómodas; me
tuteaba; a veces se paseaba por el cuarto con las manos en los bolsillos, y,
por último, sacó un cigarro y se puso a fumar con toda franqueza.
--Pero, hombre--le dije--, ¿por qué no probó usted a
ver si con una buena paliza se disipaba la sombra?
--Vea usted lo que hice. Mi situación era tan
terrible, que resolví tomar una determinación enérgica. «Es preciso acabar de
una vez», pensé; y plantándome delante de él, le dije:
--Caballero, esto es una superchería y usted un
farsante que ha venido aquí a burlarse de mí. ¿Piensa usted que creo en las
tonterías que ha contado de su doble naturaleza, de que es inmortal, etcétera?
Yo no soy ningún loco para creer esa. Voy a romperle a usted la crisma hoy
mismo, ¿lo entiende usted bien?
--¿Quieres batirte conmigo?--dijo con familiaridad
burlesca--Bueno, nos batiremos; te mataré, que es lo mismo.
--¡Oh! Me batiré con una legión como tú--grité en el
colmo de la rabia--; te mataré, te degollaré con más deleite que si venciera a
un tigre, a una boa.
--Pues lo dicho, dicho.
--Te mataré--continué con redoblada furia--, aunque
te protejan todas las potencias infernales. No sé manejar ningún arma, pero
Dios vendrá en mi ayuda. Dices que has venido a quitarme mi honor. Pues yo
prevaleceré contra ti, malvado de todos los tiempos, genio protervo de todos
los países. En vano tratas de desarmarme con tu ironía sangrienta, de
infundirme espanto con la relación de lo que eres y
de lo que puedes. Si eres un hombre, te mataré; yo estoy seguro de ello. Si
eres un espíritu, te aniquilaré también, porque Dios vendrá en mi ayuda; hará
de mi su instrumento para extirpar tamaña monstruosidad y aberración
--Bien--replicó Paris, arrojando la colilla del
cigarro--; nos batiremos esta noche,
--¿Cómo esta noche? Hoy mismo, ahora mismo.
--El odio me había hecho elocuente. En cuanto a mi
determinación de batirme con aquel ente sobrenatural, se explica por la
situación de mi espíritu. La muerte no me daba espanto; antes al contrario, me
parecía un consuelo. Si me mataba, concluían todas mis penas; si él era un
hombre, yo podía tener la suerte de acabar con él. Si era un espíritu..., en
fin, ¿a qué razonar en aquel momento? Mi determinación estaba tomada, y por
razón ninguna hubiera desistido de ella.
--Pero, hombre-le dije---, ¿no era temeridad dar ese
paso, arriesgarse a morir?
--Yo no sé lo que era. Yo quería concluir-repuso el
doctor-, y no veía otra manera de despejar la incógnita.
--¿Y se batieron ustedes?
--Sí; yo no quería padrinos; quería que aquel duelo
fuese solitario como mi pena. Nada me importaba morir. Resuelto a no prolongar
mi agonía, nos dirigimos aquella misma tarde a un sitio cercano a la capital.
--Pero, hombre, ¡sin testigos!
--Llevamos dos pistolas; ambos fuimos en mi coche, y
su buen humor era tal durante el camino, que me aseguró más en la inminencia segura
de mi muerte. Para mí aquello era en realidad un suicidio que yo realizaba en
forma inusitada y nueva.
--¿Y cuál fue el resultado? Tengo curiosidad por
saber cómo se portó usted delante de un adversario tan temible.
--¡Oh, amigo!--dijo el doctor--; el resultado es lo
más singular de la aventura; y de ningún modo puede usted sospecharlo. Yo le
aseguro que es enteramente distinto de lo que usted se ha figurado.
IV
Confieso que la narración del doctor Anselmo me iba
interesando un poco, por pura curiosidad se entiende, pues no podía ver en ella
realidad ni verosimilitud.
Había, sin embargo, una pequeña dosis de sentido en
el fondo de todos aquellos desatinos, porque la figura de Paris, ente de
imaginación, a quien había dado aparente existencia la gran fantasía de mi
amigo, podía pasar muy bien como la personificación de uno de los vicios
capitales de la Sociedad. Si el doctor inventó aquello, fuerza es confesar que
no carecía de algún intríngulis su invención; si, por el contrario, creía real
lo que contaba, indudablemente era uno de los mayores iluminados que han visto
los tiempos. Deseoso de saber en qué había parado aquel duelo extraordinario,
le incité a seguir; él no se hizo de rogar.
--Paris y yo nos dirigimos en mi coche al sitio que
habíamos elegido. por el camino hablamos poco, aunque él procuraba entablar
conversación incitándome con dichos ingeniosos y agudezas, que no quiero
recordar. Yo no pensaba más que en la muerte, que creía cercana, inspirándome
más regocijo que pena. Mi serenidad no era la serenidad del valor, sino la de
la resignación; en aquel
momento el mundo, mis riquezas, mi esposa, me daban hastío y repugnancia. Veía
cerca el término de tantos dolores, y aquel hombre, aquel monstruo diabólico en
forma de ser humano, más que enemigo, me parecía una salvación.
Cuando llegamos al sitio del duelo la tarde caía y
el Occidente se iluminaba con espléndidos colores y reflejos. Era fresco y
húmedo el aire, y tan apacible, que apenas se movían las hojas de los árboles,
amarillas y débiles ya por los fríos del otoño. Sin necesidad de ser agitadas,
se caían por su propio peso, muertas y lívidas antes de abandonar el árbol. Me
acuerdo de esa tarde como si hubiera sido ayer. Paró el coche, bajamos y
anduvimos un buen trecho solos.
--¡Ay, amigo don Anselmo!--exclamé yo--,
reconozcamos que los procedimientos de ese duelo son de una inverosimilitud
incomprensible. ¡Ir a matarse sin testigos, llevar usted al contrario en su
mismo coche!... Eso no pasará en ninguna parte, y estoy seguro de que es el primer
ejemplo que se ve en las sociedades modernas.
--¡Inverosimilitud!--exclamó don Anselmo--; ¿quién
habla de eso tratándose de un caso que está fuera de los límites de lo humano?
No busque usted aquí la regularidad; si esto fuera como lo que pasa ordinariamente
no lo contaría.
Esta razón no dejaba de tener fuerza y callé.
--Cuando elegimos el sitio, Paris me dijo:
--¿A ver las pistolas?
--Son buenas-repliqué yo, entregándoselas.
--Lo mismo
me da --contestó sin examinarlas-- para mí todas las armas son buenas. Cárgalas
delante de mí, y después echaremos suertes a ver cuál tira primero.
--Ya están cargadas.
--A ver de qué modo echamos suertes --dijo Paris,
paseándose por el campo con el mismo desenfado y franqueza con que se había
paseado en mi habitación.
--Con un pañuelo--dije yo-- Hagamos un nudo en una
de las puntas y el que...
--Me parece que eres un poco fullero--indicó Paris,
riendo con todo el aplomo del que sabe que va a matar a su contrario.
--Arrojemos una moneda al suelo--añadí yo con impaciencia,
porque aquellos preparativos para llegar a un fin para mi incuestionable me
molestaban.
--Bien; pues si sale cara, tiro yo.
--Si sale cruz, me toca a mí.
--Vamos, echa la moneda de una vez.
--Arrojé la moneda, cayó al suelo y ambos nos
inclinamos para poder distinguir la señal. Salió cruz: a mí me tocaba tirar
primero. Nos colocamos a 10 pasos. Yo apunté o, por lo menos, levanté el brazo,
procurando dirigir el cañón de la pistola hacia el pecho de mi enemigo. El se
reía al ver que el cañón del arma describía curvas en el aire, y allí me soltó
unas cuantas agudezas que me desconcertaron más, obligándome a bajar la mano,
pues habiéndose enfriado los dedos con el aire de la tarde, ni aun tenía
fuerzas para disparar el tiro. Pero pronto apunté de nuevo para no irme al otro
mundo sin desempeñar mal o bien el papel que mi honor me había impuesto en
aquel lance. Apunté sin procurar dirigir la bala, y cerré los ojos; el tiro
salió, y Paris cayó en el suelo sin dar un grito, porque la bala le había
atravesado de parte a parte el pecho.
--¡ Demonio!--exclamé al ver el inesperado fin del lance--. ¿Conque
muerto?
--La contemplación de un milagro --continuó el
doctor--no me hubiera causado tanto asombro como aquella victoria adquirida
sobre tan terrible adversario. Matar a semejante hombre, vencer a aquel genio
maligno, era más de lo que podía esperar quien nunca manejó un arma, ni
aprendido a luchar con antagonistas del otro mundo. Había vencido al mayor
enemigo de la paz conyugal. Si era hombre, había librado al mundo de un
malvado; si era la personificación de un vicio, una plaga humana, una calamidad
social encarnada en arrogante cuerpo, había yo quitado a la Sociedad la mitad
de sus escándalos. Yo creí que alguna divinidad celeste había venido en mi
ayuda. Q¡0h!, mi honor--pensé--, mi honor, este sentimiento puro, acrisolado,
ha sido para mí la divinidad protectora que ha dirigido mi brazo; ha infundido
un soplo de vida en esta bala, para que volara consciente e irritada hacia
aquel pecho y partiera aquel corazón, centro de perfidias y engaños. ¡Dios
mío!, si el duelo es un crimen; si lo que acabo de hacer es un asesinato,
perdona esta falta, precursora de bienes sin cuento. Tú, que has permitido la
presencia de este monstruo; tú, que eres dueño y regulador sabio de los
beneficios y los castigos; tú, que das la lluvia benéfica, el rocío, el sol, el
maná, y permites la peste, el hambre y el incendio, perdonarás, perdonarás la
inmolación de este que creaste para nuestro castigo, imponiéndonos el trabajo
de vencerle.»
Examiné atentamente el cuerpo de Paris, y vi que de
su herida brotaba un torrente de sangre; pero estaba vivo aún; respiraba, movía
lentamente los ojos y me miraba con una expresión que no podía yo definir bien.
Su mirada no era de tristeza ni de dolor. El
singular estado de mi cabeza me hacía ver en sus labios una sonrisa burlona.
Pero a pesar de esto, su rostro estaba lívido, y su cuerpo, desmayado y flojo.
¿Creéis que al verle así me dio lástima, y hubo un momento en que se aplacó mi
odio? Somos hombres al fin. Además, al tocarle, al cerciorarme por mis propios
sentidos de que era cuerpo humano, desapareció de mi pensamiento la creencia de
que fuese una sombra, un ente de razón; en aquel momento no pensé sino que era
un joven que, habiendo adivinado mis pensamientos, quiso darme una broma o
burlarse de mí, haciéndose pasar ante mis ojos como un ser sobrenatural. En
resumen: al ver aquel hombre herido por mí, que se desangraba en un campo
solitario, sin auxilio de nadie, sin alivio corporal ni espiritual que
suavizara un poco su muerte ya segura, me dio tanta lástima, que resolví
meterle en el coche y llevarle a mi casa para darle el auxilio que necesitaba.
--Pero ¿no comprendió usted--le dije-- que se
exponía a que le descubrieran?
--Habríale abandonado si hubiese estado muerto; pero
vivía, respiraba. ¿Cómo dejarle allí? Eso no cabía en mis sentimientos; además,
mi odio se habla disipado ante la victoria. No cejé en mi resolución; le metí
en el coche con ayuda de mis criados y... a casa.
--Pero ¿no podía usted depositarle en otra parte?...
--No; en mi casa no le descubrirían, porque había de
tomar todas las precauciones imaginables. Abandonado o entregado a alguien, sí
seria descubierto inmediatamente. Así pensaba yo, camino de mi casa. Llegamos
ya muy entrada la noche. Nadie nos vio entrar; le subimos con mucho cuidado y
le pusimos en un lecho. Cuando quedé solo con él, le examiné con mucha
atención: aún vivía. Mucha sorpresa me causó el que, lejos de estar más
extenuado, más débil, más cercano a la muerte, por ser la herida profundísima,
parecía más animado, y clavaba la vista serena y observadora en los objetos que
adornaban la habitación. Cuando me sintió cerca, fijó en mí los ojos con una
tenacidad que me hizo temblar. Parecía sondarme hasta el fondo del alma.
Aquellos no eran los ojos de un moribundo. Después de que me miró largo rato
sin pestañear, su mano, fría como el mármol, tocó mi mano, comunicándome una
corriente glacial, que circuló por todo mi cuerpo, haciéndome estremecer con
una impresión para mí desconocida; sus labios se movieron como para articular
un quejido, y una voz, que parecía salir no de su boca, sino de una profundidad
invisible, una voz de inmensa resonancia y gravedad, dijo estas palabras, que
no puedo recordar sin espanto:
--Majadero, yo soy inmortal.
V
--Aún me parece que le estoy mirando y que le estoy
oyendo--continuó el doctor, un poco abstraído.
Después se puso a mirar atentamente al techo, como
si allí arriba hubiera alguna cosa escrita. Abandonado a la meditación, los ojos
se le iban al cielo, tomando todo él aquella actitud de santo que le era
peculiar. Después prosiguió la historia como sigue.
--No sé qué pensé entonces. Me ocurrió encerrarle
allí, y esperar días, semanas y meses a ver si herido, solo, sin comer ni beber,
podía existir aquel ser maldito. Entretanto salía la sangre de su herida, sin
que por eso se postrara más su cuerpo; por el contrario, animábase cada vez
más, aumentando mi desesperación. Diga usted si el caso no era para volverse
loco. ¡Estar constantemente perseguido por aquel demonio, que tampoco había
podido matarme, y que concluía por instalarse en mi casa, junto a mí, siempre a
mi vista, como mi conciencia, como mi pensamiento, como mi miedo! Mi rabia no
tuvo límites cuando le vi incorporarse en el lecho, y exclamar:
--Ya ves de qué modo has conseguido que no salga de
tu casa. ¿Te atreverás a arrojar de ella a un hombre que has herido, a un
hombre que se desangra y se muere? Si me echas de aquí, no es posible que te
libres de la nota de asesino. Se descubrirá que has intentado matar a un
hombre, vendrá la Justicia, habrá escándalo... Dirán que el bueno de don
Anselmo encontró a un galán en el cuarto de su esposa y le pegó un tiro. Ya
ves, ¡qué escándalo! Si quieres que me marche, me marcharé; pero bien te dije
que al salir de esta casa me llevaría tu honor. Necio, en vano quieres
prevalecer contra mí, contra lo inmortal, contra lo omnipotente, contra lo
divino. Yo soy superior a los hombres; yo soy parte
de ese mal que desde el principio pesa sobre vuestra existencia, y del cual no
os podéis librar, porque una ley suprema le pone sobre vosotros y en vosotros
como una faz de la vida. Aquí estoy, en tu casa; eso es lo que yo quería. Ella
sabe que estoy aquí; muchos de fuera lo saben también. Pero esto es ahora un
secreto guardado por muchos. Si quieres que haya escándalo, si quieres que mil
voces hablen de mí, si quieres que esto se publique por calles y plazas, échame
de aquí; yo me voy gustoso, pero ya sabes todo lo que me llevo.
--Pero ¿qué fuerzas se han de emplear contra
ti?--exclamé en el colmo de la turbación-- Sean morales o materiales, algunas
fuerzas habrá que te venzan, demonio incomprensible, más fatal que cuantos se
emplean en tentar a los hombres, llevándolos por los caminos de todos los vicios.
--Contra mí no hay nada que prevalezca--contestó,
recobrando poco a poco su habitual buen humor y ligereza-- Ningún arma me puede
herir; no tomes en serio lo que ha pasado; no creas que me has vencido, pobre
loco; lo que has visto no ha sido más que un incidente preparado con objeto de
atraparte mejor. Esta casa ya es mía; ya he penetrado en ella y no me puedes
arrojar; todo el mundo sabe que Paris ha entrado en tu casa, y tú, aunque
emplees todas tus facultades, todo tu dinero, cuanto existe y cuanto vale en la
Tierra, no podrás convencer a nadie de lo contrario...
--¡Oh!, yo no sé lo que haré!--grité desesperado--;
yo voy a pegar fuego a esta casa para que perezcamos todos.
--¡Fuego!--dijo él, riendo diabólicamente e
incorporándose en el lecho--, ¡fuego! Si ése es mi alimento, si vivo en él;
fuego es mi sangre, mi aliento, mi mirada, mi palabra; quemo, devoro, aniquilo.
No opongas a mi poder esos elementos venales que a un signo mío obedecen
sumisos. Yo digo al aire: «Agita sus cabellos, lleva a su oído ecos que la
sumerjan en esas meditaciones vagas, de cuya confusión sale luminoso,
inexorable, el primer mal pensamiento.» Y el aire me obedece. Yo digo al agua:
«Ve y acaricia con irritante frialdad o calor suave su cuerpo, que en las ondas
del baño se abandona indolente; difunde en ese cuerpo la languidez y altera la
serenidad de su cabeza, produciendo el marco voluptuoso que engaña la
conciencia y hace accesible la fortaleza del recato.» Y el agua me obedece. Yo
digo al fuego: «Corre por sus venas, enardece su corazón, y haz brotar en su
pensamiento esa chispa incendiaria que es la abdicación postrera de la
voluntad.» Y el fuego me obedece. Yo digo a la luz: «Refleja en el espejo las
hermosas líneas de su rostro, y lleva de su espejo a sus ojos la imagen del
cuello, del labio, de la cabellera, del talle, para que aumente su amor propio,
baluarte formidable que me defiende.» Y la luz me obedece. Aún más: yo soy ese
aire murmurador, esa agua voluptuosa, ese fuego que inflama, esa luz que adula.
Ciego: me estás viendo, crees que estoy aquí. No; yo
estoy allá, junto a ella; yo no la abandono nunca,
porque soy su idea, su mal pensamiento, su mal deseo yo no me separo de ella
jamás. En vano tratas de perseguir ese mal pensamiento, ese anhelo, cuando por
un singular fenómeno se te presenta en forma humana. Torpe, ¿no comprendes que
yo no puedo ser enterrado bajo un montón de piedras? ¿No ves que es imposible
matarme de un tiro como se mata a un pájaro, a un ladrón?
--Calla, por piedad, monstruo --exclamé, angustiado--.
¿Qué delito he cometido para tan gran tormento? Porque esto es castigo, sí, de
algún crimen ignorado. Yo, que soy la probidad, el pundonor, la lealtad, la
sobriedad, ¿por qué he merecido esta tortura, que produce un trastorno en todas
mis facultades y acabará por volverme loco?
--Tú tienes la culpa---dijo Paris con serenidad, sin
dar ya señales de postración, y como si un médico sobrenatural hubiera sanado
por encanto su herida--; tú tienes la culpa, tú, que me has llamado, que me has
traído, que me evocaste con la fuerza de tu entendimiento y de tu fantasía.
--Pues yo, con esa misma fuerza, te conjuro para que
me dejes en paz. Yo no puedo vivir así, diablo, espíritu, pensamiento o lo que
seas. Vete; yo te arrojo de mi cabeza; yo te expulso de mí, ya que no has
querido darme la muerte; vete, porque esto es mil veces peor que morir.
--¡Irme! No puede ser-contestó mi enemigo,
encendiendo un cigarrillo de papel--. Ni yo, aunque quisiera, tengo poder para
abandonarte. Mientras tú tengas ideas y sensaciones, yo estaré aquí. Renuncia a
todo eso y me iré; resígnate a ser, en vez de hombre inteligente y sensible,
una máquina automática, sin ninguna vida espiritual; resígnate a ser un bulto
vivo, y entonces me marcho.
--Me resignaré. Yo quiero morir y no pensar; yo
quiero ser una bestia y no sentir en mi cabeza esto que llevo desde el nacer
para tormento mío.
--No lo tomes así, tan a pechos-repuso; estas cosas
deben considerarse con alma; sé filósofo; ten esa grandiosa serenidad que ha
hecho célebres a muchos maridos, y no quieras sobreponer un falso pundonor a
ciertas leyes sociales que nadie puede contrariar.
--No me trastornes más; yo quiero morir; quiero ser
sacrificado a este pensamiento que me ha devorado, consumiéndome todo.
Decía yo esto con la mayor sinceridad, amigo deseaba
morir, o vivir sin conciencia ni entendimiento; si esto era vivir, había en mí
como un delirio, una excitación tal, que nunca después he vuelto a experimentar
cosa parecida. Fijaba mi vista en aquel hombre, le tocaba, le veía, tenía todos
los fundamentos necesarios para creer en su existencia, y aún me parecía todo
un sueño.
¿A usted no le ha pasado que al sufrir los tormentos
de una pesadilla se muestra íntimamente incrédulo ante tantos dolores, y dice:
«Esto es sueño, como si una chispa de razón velara cuando todas las facultades
se nublan, menos la fantasía, que lo domina todo a sus anchas? Pues lo mismo
yo, en aquel delirio angustioso, decía para mí a veces: «Esto es un sueño.»
Pero la realidad me desmentía: hallábame en mi casa; me reconocía despierto,
como ahora me reconozco vivo. Iba y venía, presa de una horrible ansiedad, y
todo lo que me rodeaba era real: las personas, las mismas; idénticos los
objetos. Salía de mi cuarto a ver si la impresión de cosas externas me daba
alguna luz; pero nada lograba. Por fin, determiné ausentarme de allí: cerré el
cuarto, dejando dentro al herido, y fui a la habitación de Elena. Cuando entré,
mi mujer se sobrecogió de espanto, tembló, y después me dijo algunas palabras
mal articuladas, porque el terror le embargaba la voz. No sé qué íntimo
convencimiento me obligó a mirar todo, a registrar todo, agitado, convulso,
demente. La infeliz gemía: creo que la maltraté. Después, andando de un lado
para otro, registraba con afán, y era tal mi trastorno, que hasta debajo de las
sillas, dentro de los vasos de su tocador y entre las hojas de los libros
quería encontrar lo que buscaba. Allí no había nada; yo nada vi; pero tenía la
convicción profunda de que allí estaba; en el aire, en la sombra, en el
perfume, en el eco de nuestras voces, en todo me parecía sentir la presencia de
aquel maldecido, «¿Dónde está?--grité--; ¡aquí hay alguno!» «¿Quién?», dijo
ella, desesperada. «¡ Ese--contesté yo-, ese monstruo, ese espíritu de hombre! Yo sé que
está aquí, yo le siento, yo le oigo. Sí, Elena, está aquí; tú le tienes. Le veo
en tus ojos, le oigo en tu voz; está aquí.»
Y, en efecto, la sombra de todos los objetos me
parecía su sombra, el eco de nuestras voces parecíame su voz, y en los vagos
accidentes de la luz, del sonido, del tacto, me parecía encontrar algo de la
persona, del aliento de aquel genio execrable. Elena lloraba con tanto
desconsuelo, que fue imposible recriminarla. Únicamente le decía: «Sí, aquí
está, aquí está… Por fin, salí de allí porque me trastornaba cada vez, y volví
a mi cuarto, donde le había dejado cerrado con llave. Al entrar di un grito: el
herido no estaba allí. Mi espanto fue tal, que no pude dar un paso, y me dejé
caer en un sillón. Las fuerzas me faltaban ya por efecto de las continuas y dolorosas
impresiones de aquel día; me desvanecí, me desmayé, y a no haberse entregado
espontáneamente mi naturaleza al reposo no sé que hubiera sido de mí. Quedé
inactivo y como muerto durante largas horas. En el momento de recobrar el tino,
amanecía. Sentí ruido en la puerta, miré, y era Paris que entraba de bata,
pantuflas y con el cabello en desorden, como quien se levanta de la cama. Pasó
delante de mí, mirándome con la diabólica sonrisa que era en él constante. Yo
le miré también largo rato, y el estupor, cierto marasmo moral que yo sentía,
impidiéronme dirigir la palabra en mucho tiempo.
Cuando esto decía, el doctor hallábase también
poseído de aquel marasmo moral que refería. Tenía turbios los ojos, lenta la
voz, difícil el aliento, estaba fatigado, y, sin duda, el recuerdo de los
sucesos referidos le producía muy fuerte emoción. Por eso, y considerando lo
que padecía el infeliz al traer a la memoria su insana idea, no me atreví a
hacerle las mil observaciones que sobre el caso se me ocurrían, reflexiones que
hubieran entibiado mucho el entusiasmo y fe con que refería tales locuras.
CAPITULO III
Alejandro
I
Aquella noche no pudo continuar el doctor su curiosa
narración, que, a fuerza de extravagante, me había inspirado algún interés. Yo
deseaba saber cuál sería la hazaña final del travieso héroe de la antigüedad
que se propuso quitar el juicio a mi pobre amigo, si es que alguno tenía. Bien
se echaba de ver que aquello había de concluir pronto de cualquier modo, pues
no era posible que semejante invención, o lo que fuese, se prolongara por más
tiempo del que la ley del Arte exige, y además, según lo último que refirió mi
amigo, se comprendía que el desenlace no podía estar lejos. Pero aquella noche,
como he dicho, no le fue posible satisfacer mi deseo: hubiéralo hecho él, a
pesar de su cansancio y de lo impresionado que estaba con el recuerdo de sus
desventuras; mas no le insté a que siguiera, quedando de acuerdo para celebrar
nueva sesión la noche siguiente, como lo hicimos. Reanudando el interrumpido hilo
de su discurso, el sabio continuó así:
--¿En qué quedamos? Porque de anoche acá me he
trascordado; y siempre que recuerdo aquello hay un desquiciamiento en mis
facultades, de ordinario no muy sanas.
--Quedamos en un incidente interesantísimo. Usted se
había desvanecido, se había dormido, abandonándose a un profundísimo sueño, que
yo tengo para mí fue obra de algún sortilegio de aquel ente infernal, y al
despertar, ya casi de día, vio aparecer a Paris, de bata y pantuflas, como si
se levantara de la cama.
--Así es, en efecto--dijo--, y yo, según indiqué a
usted, en mi estupor no pude decirle palabra en mucho tiempo; le miraba,
sintiendo en mí algo de ese marco que precede a un letargo profundo; le miraba
pasearse por el cuarto con las manos en los bolsillos de la bata, sacar un
cigarro, encender un fósforo, raspándolo en la caja, y después fumar tan
tranquilo.
--¿Y no hablaron ustedes?
--Sí, hablamos. Lo particular es que aquella bata era
la mía, y le caía tan bien que ni pintada; como si se la hubieran hecho a su
medida.
--Está visto que ese farsante quería apropiarse todo
lo que era de usted--observé; y me arrepentí al poco rato de haber hecho tal
observación.
--Sí--dijo tristemente Por fin, viendo que nada
podía hacer contra aquel miserable; viendo que no lo podía vencer, que no le
podía matar, que no le podía arrojar de mi case, resolví entregarme al dolor,
rendirme, incapaz ya de resistir más tiempo. No injurié a Paris, no le maldije
ni intenté maltratarle, porque nada valía contra él. Di tregua a la ira,
trocándola por una resignación serena, que fue en mí entonces de algún alivio.
--Yo me voy--le dije--, puesto que nada puedo contra
ti. Demonio invulnerable, yo te abandono todo: mi casa, mis riquezas, mi
posición, mí esposa; todo queda en tus manos, incluso mi honor, que no he
podido librar de ti. Hablo de mi honor en la opinión de las gentes, que mi
honor en mi conciencia, eso va siempre conmigo y no me lo puedes quitar con tus
malas artes. Prefiero andar errante lejos de aquí, en país desconocido,
despreciado de todos, a soportar este suplicio en que vivo, privado de los más
inocentes goces del hogar. Quiero huir; quédate aquí en posesión de todo: me
considero vencido.
--¡Necio!--contestó, mirándome--. ¿Adónde has de ir
que yo no pueda seguirte? Recuerda lo que te dije anoche: Si al marcharte te
dejas aquí el entendimiento y la fantasía, lo que hay en ti de divino, lo que
te distingue de la bestia, puedes marcharte tranquilo, no te molestaré; pero si
no, no cantes victoria, que yo iré contigo en esta o en otra forma; pues cuando
me encariño con una persona no la abandono fácilmente.
--Pero si ahí te dejo todo--repliqué--, ¿qué más
quieres? Ya no temo la deshonra, no temo el escándalo, no temo nada. Puedes
gozarte de tu obra; no me importa que hablen de mí, que me señalen, que me
injurien con los más denigrantes apodos. ¿Qué más quieres de mí?
--Sosiégate, ¡oh Anselmo!-exclamó Paris. ¿Adónde vas
solo, errante por esos mundos, perseguido siempre por mí, aunque en distinta
forma. Ten calma; reflexiona, medita la gravedad de tu determinación. ¿No ves
que eso es cobardía indigna de un hombre de corazón? Acepta el martirio y
resístelo hasta el fin, como cumple a quien blasona de temple de espíritu, y de
una entereza que enaltece a los hombres más que el valor frenético y temerario.
Aquí es donde debes estar siempre, en presencia de tu dolor, siempre en tu
puesto, soportando una tras otra las angustias de su crisis, que no es nueva en
el mundo y que ya ha trastornado a muchos. Aquí, amigo, aquí. No dirás que no
soy concienzudo, que no razono con la madurez que distingue a las personas
graves de los mozalbetes casquivanos y presumidos.
--¡Oh, esto ya es demasiado! --dije--. ¿No he de
salir de aquí, no he de abandonar esta casa? ¿También me has de perseguir lejos
de estos sitios? Eso no puede ser; y si así fuera, yo me embruteceré, no
penaré, como has dicho; seré un animal de los más torpes y groseros. Si esto es
ser hombre, maldigo mi condición, y me río de esa pomposa palabrería con que la
enaltecen algunos, diciendo que somos los reyes de lo creado. ¡Qué imbecilidad!
--Sí; ¡eso es ser hombre!--afirmó él--, y eso es ser
rey de la Creación. Yo he vivido desde el principio del mundo, y he presenciado
multitud de sucesos terribles, individuales y sociales. Sé lo que son esos
dolores, cuya importancia es tal en la esfera de la vida, que algunos han
traspasado los límites de lo personal para conmover al mundo, como sucedió en
la guerra de Troya, cuyos pormenores recuerdo como si hubieran pasado ayer. Por
lo que he visto desde entonces, comprendo que se engaña el
que crea poder eximirse de ese gaje de angustias con
que pagáis el orgullo de ser la flor y nata de lo creado; comprendo la inmensa
verdad que encierra el dicho de Goethe: «El que no está preparado a la
desesperación, no está preparado a la vida.» Animo; no eres tú el primero de
los que se aniquilan, quemándose en la llama de la vida, como se quema la
mariposa en la luz ; tú no eres el primero, eres un ejemplar de esa rica
colección de mártires que han hecho del vivir una bella y sorprendente epopeya.
--¿Sabe usted que no dejaba de explicarse con
juicio?--dije, observando que Paris disertaba sobre la vida con una seriedad
que, aunque no exenta de extravagancia, le hacía, sin embargo, mucho honor.
--Aquel endiablado se había puesto a filosofar
dejando su cínica desenvoltura para hacer reflexiones en un tono que me parecía
más burlesco que sus chanzas del día anterior.
--Y después, ¿qué hizo?--pregunté, esperando que el
aparecido se quitara, al fin, la bata y las pantuflas de mi amigo para vestirse
y arreglarse.
--Verá usted--agregó el doctor-- Yo no permitía que
nadie entrara allí pero entró, cuando yo estaba descuidado, un criado a
anunciarme a mi suegro, el conde del Torbellino, y no manifestó haber visto la
sombra. El criado, al parecer, creyó que yo estaba solo. Iba yo a salir con objeto de recibir a mi suegro, cuando
éste, que no se andaba en ceremonias, entró. Yo temblé pensando que pudiera ver
a Paris, pero no. Paris estaba junto a mí, y el Conde no le vio. Para él, lo
mismo que para el criado, hallábame solo en la habitación. ¡Cosa más
particular! Varias veces el aparecido pasó entre él y yo, sin ser visto más que
de mí. Yo sólo sentía sus pasos, yo sólo recibía el rayo de su mirada, de una
viveza imposible de pintar. Mas a poco de estar allí el conde del Torbellino,
Paris desapareció; yo miraba a diestra y siniestra por ver si se ocultaba en
algún rincón pero nada, había desaparecido. No vi más que mi bata y mis
pantuflas, arrojadas sobre una silla. Mi diálogo con mi ilustre suegro fue
importantísimo, y es de gran utilidad el referirlo para mejor inteligencia de
esta sin igual historia. Pero antes voy a dar a usted algunas noticias de tan
respetable personaje.
II
--El conde del Torbellino--continuó don Anselmo--era
un hombre tempestuoso, y no porque tuviera carácter irascible, violento y amigo
de pendencias, sino porque su espíritu, esencialmente tranquilo, se manifestaba
al exterior de la manera más resonante y ampulosa. Cuando decía alguna
tontería, caso frecuente en él, su voz, bronca por naturaleza, se ahuecaba
hasta lo más bajo del diapasón; cuando quería convencer a alguien de que era
hombre importante y de que los negocios le traían loco, su palabra llegaba al
último grado de la vana grandilocuencia; si no decía nada, su respiración
semejaba a un vendaval lejano. Locuaz y retumbante, parecía el símbolo de la
tormenta, la explosión hecha hombre. Sus oyentes eran muchos; complacíanse sus
tertulios en escuchar el estrépito de su voz descomunal; pero en tocando a
reír, la turba de interlocutores se dispersaba más que deprisa, porque la
carcajada del buen señor trastornaba y aturdía. La caja sonora que tan atroces
ruidos producía era proporcionada al sonido mismo. Corpulento, pesado,
cavernoso, monumental, el señor Conde era una pieza estimable que podía honrar
a cualquier cantera. A semejante mastodonte no faltaban dignidad ni donaire;
antes al contrario, su crasitud cuadrilonga le daba cierto aspecto cesáreo y
dictatorial.
Su rostro era más bien hermoso que feo, adornado
lateralmente de espesas patillas blanquinegras; la nariz tenía algo de la
voluta corintia; la boca, grande, de labios carnosos y retorcidos, se asemejaba
a las bocas de esas máscaras griegas que vomitaban lesiones y emblemas. Dos
grandes contracciones sostenían en los extremos de esta boca una hilaridad
presuntuosa, tan constante en él y tan grabada en su rostro, que podía decirse
que en él la sonrisa era una ficción. Sus lentes eran algo más: eran un órgano;
la frente, en que algunos pelos aplastados por el sombrero y pegados por el
sudor dibujaban una especie de leyenda jeroglífica, era pequeña, deprimida y
roja; pero de un rojo intenso y como transparente, cual si los sesos de aquel
buen señor fuesen de bermellón o cinabrio. Su cuerpo era un prodigio de solidez
arquitectónica; cada extremidad, un portento de equilibrio; y sus hombros, su
abdomen y su espalda, otras tantas obras maestras de estereonomía muscular; sus
pies, dos ladrillos. A pesar de tanta solidez, este monolito se movía con
bastante soltura; y cuando hablaba, los brazos daban vueltas como dos aspas de
molino, amenazando descabezar al que tenía la desdicha de escucharle.
En cuanto a entendimiento, el Conde pasaba por ignorante
entre muchos y por sapientísimo entre algunos; mas no era ni una cosa ni otra.
Sin ser ilustrado, sabía lo bastante para hablar de todo, no disparatando
siempre. En algunas cuestiones, sin embargo, era fuerte, sobre todo en Política
y en Hacienda. Ocupábase mucho de la alza y baja de los fondos públicos, y
negociaba con el crédito del Estado, tornando parte con los primeros
capitalistas en las más arriesgadas operaciones mercantiles, lo cual fortalecía
sus conocimientos en Hacienda. La suya le inspiraba serios temores, sobre todo
en la época a que me refiero, y el mal humor que le ocasionaban sus
desbarajustados asuntos se hubiera trocado en hipocondría si mi casamiento con
su hija no echara un buen puntal a su fortuna.
Distinguíale también un notable prurito de agradar a
las gentes. Su amabilidad, aunque tonante y explosiva, le había captado la
voluntad de muchas personas. De esta amabilidad nadie tenía mejores pruebas que
yo; siempre fui objeto de su predilección, y nunca más que en la ocasión de que
hablo pude conocerlo. El Conde me probó el gran interés que yo le inspiraba en
aquel diálogo que voy a referir a usted con la puntualidad que mi memoria me
permita.
--Mi querido yerno--dijo él--, ya siento tener que
hablarte de este asunto, pero es necesario. Elena no puede vivir así. No te
enfades; nadie mejor que yo conoce tus buenas prendas; nadie ha tratado de
disculparte más que yo; pero han llegado la cosas a un extremo ... ; tu
carácter...
--Yo no entiendo ni una palabra de lo que usted me
quiere decir--le contesté, presumiendo que algo grave encerraban aquellas
indicaciones.
--Todos en la casa dicen que estás loco--añadió el
Conde--. Esta opinión, el único que la ha combatido he sido yo, que desde antes
de que entraras en mi familia conocía tu carácter. Yo sé que no es locura;
estos arrebatos que hoy te dan son antiguos en ti, si bien los agrava
actualmente una monomanía, uno de esos estados pasajeros del alma que nos ponen
a veces en tal disposición que no parecemos tener pizca de sentido.
--Pues usted me explicará eso mejor, si quiere que
le entienda--dije yo, que ya tenía demasiadas confusiones en la cabeza para
comprender de una vez la nueva serie de enredos que mi suegro me traía.
--Elena se queja con razón--contestó--; la infeliz
ha enflaquecido de tal modo estos días, que parece un cadáver. Todos procuramos
consolarla. ¡Cuidado que eres extravagante! La atormentas del modo más cruel;
la asustas con tus atrocidades sin cuento. Pero ¿en quién has visto cosa
semejante? Según ella refiere, algunas noches entras despavorido en su cuarto,
diciendo que has oído allí la voz de un hombre; otras veces la maltratas, la
injurias, asegurando que has visto a alguien saltar por su ventana al jardín.
Cuando más descuidada y tranquila se halla, entras furioso, profiriendo gritos
y amenazas y preguntando dónde está él; tu aspecto infunde miedo; tus palabras
son las de un loco; tu ademán es descompuesto. Di si hay mujer que tenga la
fortaleza y el temple suficientes para ver con calma estas cosas, y considera también
si no hay en tu conducta bastantes motivos para atraerte, no digo yo la
antípoda, sino el horror de tu esposa.
--Sí--repliqué yo--, lo confieso; pero usted no sabe
que para obrar así tengo mis razones.
--¡Razones! No seas tonto. ¿Qué razones puedes tú
tener para obrar de esa manera? Si tuvieras la calma, la filosofía que se
necesita para poder vivir en estos tiempos que alcanzamos, no te sucedería eso.
Es que tú te apuras por nada; eres muy puntilloso; tomas muy a pechos todas las
cosas, y, en resumen ... , no sabes vivir.
--Suplico a usted, mi querido suegro, que me
explique eso, pues quizás me dé alguna luz en la situación en que me hallo.
--Quiero decir que te cuidas demasiado de la opinión
de las gentes, cosa que se debe despreciar las más de las veces, sobre todo
cuando, como en la ocasión presente, no se funda en nada positivo, sino en esas
presunciones vulgares, hijas de una gran decadencia moral.
--Pero ¿qué dice la opinión de las gentes?--pregunté
yo-- ¿Alguien se ha atrevido a hablar de mi casa, de mi familia?...
--Te diré--contestó él enfáticamente--; no debes
apurarte por eso, que, además de no tener importancia, es cosa que se ve con
demasiada frecuencia para inspirarnos recelo. No hay que hacer caso de la opinión
de esa gente holgazana que vive de la cháchara y el escándalo, atisbando
siempre en lo más íntimo de las familias... No te apures por eso. Sólo con el
desprecio se corresponde a la vileza de esas infames gentes que nada perdonan,
ni aun lo más santo y respetable.
--Pero ¿qué dicen de mí?
--Mira, nosotros no debernos hablar de esas
cosas--contestó--, pues hasta nombrarlas me parece indecoroso. Dejémoslo, y se
acabó... Trata de serenarte.
--No; yo quiero saberlo, y pronto--contesté, muy
agitado.
--¡Vaya!--exclamó el conde de Torbellino, poniéndose
los lentes, que en el calor de su elocuencia se le habían caído--. ¿Quieres que
te cuente lo que tú sabes mejor que yo, lo que ha sido causa de las
extravagancias que has hecho estos días?
--No; yo no sé nada; quiero saber todo eso que usted
me ha indicado para confundirme más.
--Pues con indignación te informaré, querido
Anselmo, de que ha habido personas tan insolentes, que han puesto en duda...,
ha habido quien ha osado difamar a la misma virtud..., a mi hija Elena. Te
aseguro que si conociera yo al infame que...
--Pero ¿quién, en dónde, qué persona ha dicho
eso?--vociferé yo, aterrado ante la horrible confirmación de lo que en mi
cabeza pasaba.
--¿Quién lo va a averiguar? Y lo único en que se
fundan es en que frecuenta tu casa ese joven, ese joven..., ese que viene aquí
desde hace algunos días.... ese Alejandro no se cuántos.
--No sé de quién habla usted-dije, estupefacto.
--Sí; ése... Precisamente ayer le vi entrar aquí:
varias veces le he visto entrar --añadió, dándome a continuación las señas de
aquel ente infernal, hombre, demonio o aparición que tanto me había atormentado
con el nombre de Paris-- La cosa es que como el chico tiene fama de ser uno de
los más grandes perturbadores del hogar doméstico que han existido desde que se
le ha visto entrar aquí.
--¿Y quién ha traído aquí a ese sujeto?
--Yo no sé; tú lo sabrás. Lo cierto es que entra
mucho en tu casa, y de seguro Elena le tratará como a un amigo, sin sospechar
la infeliz que, aunque inocente, está labrando su desdoro admitiéndole aquí.
Pero al mismo tiempo, no admitirle sería justificar la perfidia de los
maldicientes y en cierto modo ajustarse a su sistema. Lo mejor es despreciar
todo eso, querido Anselmo. Ya ves cómo sé cuál es la causa de tus locuras, y yo
no puedo menos de reírme al considerar cuánto has atormentado a la pobre Elena
por una causa tan frívola, serénate, hombre; ten calma, como antes te he dicho.
Si porque cuatro desalmados hablan de ti vas a hacer tales atrocidades,
asemejándote a los mayores locos que han existido, ¿qué harías si tuvieras una
verdadera causa?
--Así habló el conde del Torbellino, y sus palabras,
lejos de darme luz en aquel asunto, me embrollaron más y más la cabeza. Antes
había dudado si la figura de Paris era real o meramente una creación de mi
entendimiento, producida por fenómenos no comprendidos, esta duda me daba gran
tormento. Ahora, según las palabras de mi suegro, Paris era un ser real,
conocido de todos. Entonces, ¿cómo fue herido gravemente por mí, restableciéndose
después por encanto, sin que quedaran en su cuerpo señales de postración? ¿Cómo
aparecía y desaparecía sin saber de qué modo? Esto aumentaba mi confusión de
tal manera, que cuando se fue mi suegro me sumergí en intrincadas y
laberínticas meditaciones, a ver si vislumbraba un rayo de luz en tantas
lobregueces. ¡Dios mío! Aún no era bastante. Para colmo de desdicha, entró mi
suegra, que, empleando muy distintas razones que su esposo, dialogó conmigo un
buen espacio de tiempo.
Mi suegra era una vieja coqueta en quien los años no
habían amortiguado el deseo de agradar, base de su carácter.
Habiendo sido hermosísima, en su rostro no quedaban
ya más que lástimas, y únicamente los ojos conservaban en su brillo y expresión
algo de aquella belleza que se había despedido para no volver más. Este
desastroso afeamiento era, en parte, remediado con los complicados afeites que
se hacía y las mil cosas que inventaba para disimular los estragos de su
persona. En cuanto a costumbres, las suyas no se distinguían sino por un
continuo callejear, que no le dio muy buena opinión, aunque nunca se dijo
claramente que no fuese honrada. Gustábale divertirse más que a muchas que no
pasan de los 20; Y en este punto
jamás determinaron en ella los años ningún progreso visible; pues vieja y todo
no perdonaba baile, ni comedia, ni paseo, ni reunión, ni ceremonia donde
hubiera gente joven y bulliciosa. Parecía que se le reverdecían con esto los
años, refrescándosele el cuerpo con el continuo zarandeo.
Esta dama ilustre, que profesaba en materias de
opinión teorías muy peregrinas, fue la que me habló del modo siguiente:
--Eres, Anselmo, un salvaje, una fiera, un tigre.
Pensar que mi hija pueda vivir mucho tiempo en compañía de una persona como tú,
es locura. Verdaderamente sería risible, si no fuera tan triste lo que está
pasando. ¡Vamos, que aquellos sustos que le das, presentándote de noche en su
habitación como un loco, y al parecer, ofuscado el entendimiento por alguna
mala idea ... ! En verdad no sé cómo vive la infeliz... Está enferma, y temo
que sea de cuidado su mal, porque, francamente, ¿qué persona impresionable y
delicada resiste a las pruebas a que la sujetas? Es preciso que te decidas a
adoptar otro conducto; mi hija no puede vivir así. A ver, ¿qué es lo que te
obliga a proceder? Quiero saberlo. ¡Y pensar que es Elena un modelo de
amabilidad, de discreción, de prudencia! Verdaderamente, Anselmo, ya veo que no
puede haber mayor tormento para una joven que vivir contigo. En tu compañía
ninguna puede encontrar esa agradable confianza que es fundamento del amor; no
eres amable, ni mucho menos; por el contrario, a pesar de tus buenas prendas,
te haces repulsivo por los arrebatos de tu carácter, por esa misantropía que te
consume. En ti no hallará mi hija ninguna clase de ternura, ni aun esas
pequeñas fórmulas cariño, que, insignificantes en apariencia, son de una
importancia inmensa para nosotras; créelo. Además, parece que te has propuesto
hacerte aborrecer de ella; pasas los días abstraído, solo, encerrado en ese
maldito cuarto, donde a veces se te siente hablar como si estuvieras en
conversación con las ánimas del Purgatorio.
--¿Se me siente?--dije yo, oyendo con terror aquella
descripción de mi vida.
--Sí, eso dicen los criados--continuó riendo--, te
han oído hablando solo. ¿Es esto tener razón, es esto ser hombre? Después sales
y vas dando feroces gritos al cuarto de Elena, que, trémula y sobrecogida, te
ve registrar la habitación como si persiguieras a alguna sombra. La pobrecilla
ha llegado a tenerte tanto miedo, que tiembla sólo de oír tu voz. Yo no sé en
qué va a parar esto. ¡Qué singular manera tienes de hacerte querer de tu
esposa! Ni la acompañas, ni la mimas, ni procuras distraerla; ella está
acostumbrada al trato de la gentes, a los goces de la sociedad..., ¡y verse
aquí sola, encerrada ... ! Únicamente yo me intereso por ella; he logrado
reunir aquí algunos amigos y amigas, que nos hacen tertulia, entreteniéndonos
un poco. Pero yo no sé qué tiene esta casa; es triste como su dueño; todos
huyen de ella. En los últimos días casi nadie ha venido, y nos hubiéramos visto
muy aburridas, a no habernos acompañado Alejandro X***...
--Señora, ¿a ver? ¿Quién es ese caballero...? ¡Tengo
curiosidad ... !--dije vivamente.
--Vaya, también has perdido la memoria--contestó mi
suegra con jovialidad--, ¡Cómo está esa cabeza! ¿Conque tampoco conoces a
Alejandro? Precisamente salía de aquí cuando yo entraba. Si viene todos los
días...
--Señora, yo no sé de quién habla usted.
--Pero este hombre está loco; ya desconoce a sus
principales amigos, a Alejandro X***, que tanto frecuenta tu casa; la persona
más amable que he tratado en mi vida, amigo tuyo, como lo es de todo el mundo;
porque ese hombre, yo no sé..., es de los que conocen a todo bicho viviente...
Claro, es tan amable, tan listo, de una travesura jovial, discreta y elegante.
--¿Y dice usted que yo le conozco?
--Pero ¡estás loco! ¡No le has de conocer! Si habéis
salido juntos de paseo mil veces, si habéis comido y almorzado juntos, qué sé
yo... Alejandro, hombre de Dios--añadió alzando la voz, como si hablara con un
sordo-- Indudablemente has perdido el juicio.
--¿Y dice usted que las acompaña? --pregunté en el
colmo del estupor.
--Si no fuera por él, mi hija y yo nos aburriríamos.
El nos acompaña, y es tan amable... Nos divierte mucho contándonos historias
íntimas, ¡Ah! No sabes cuánto nos cautiva su conversación, sobre todo a Elena,
que gusta de oír narrar aventuras. Ese hombre ha viajado mucho, y, aunque
joven, conoce el mundo como si hubiera vivido siglos.
--¿Y dice usted que yo le conozco? --pregunté con
ansiedad.
--¡Válgame Dios, qué hombre! Es lo mismo que si
preguntaras si me conoces a mi. Tú no estás bueno. Anselmo, por Dios, esa
cabeza...
III
--Estas y otras razones cambiamos mi suegra y yo en aquel
diálogo memorable. Ella se fue, porque le avisaron que Elena estaba con un
síncope, y al poco rato, cuando aún no había yo tenido tiempo de aclarar un
poco las ideas que lo indicado por mi suegra me sugería, entró un amigo mío muy
querido, el cual me hablo también cosas que no debo pasar en silencio, para
mejor inteligencia de este raro suceso.
--Venía a saber de tu mujer--dijo--; oí
decir que estaba mala.
--Sí-contesté-, no está buena. Desde hace días tiene
no sé qué. ¿Por quién lo supiste?
--No recuerdo dónde lo oí decir.
--Yo sé que hablan de mi por ahí--indiqué, porque
había conocido que mi amigo quería contarme algo, y que esperaba que rodase la
conversación sobre aquel punto.
--¿Que hablan de ti? No sé--dijo vacilando--. Bien, no te lo negaré; al contrario, obligado
por nuestra amistad te hablo de este asunto, y si te digo que no he venido a
otra cosa, no miento, de seguro.
--Vamos a ver.
--Por supuesto, que debes despreciar ciertas cosas;
mejor dicho, no despreciarlas del todo; conviene hacerse cargo de ellas,
meditarlas y resolver después maduramente lo que se debe hacer. Esto no es
nuevo. Todo el que vive aquí en cierta posición, como tú, está expuesto a las
hablillas. Hay que resignarse y no enfurecerse, porque si alguna cosa hay que
deba tomarse con calma, es ésa,
--¡Con calma!-repuse yo, perdiéndola completamente
--; ¡con calma he de mirar mi deshonra! Yo buscaré al infame autor de esa
calumnia.
--Luego, ¿Ya estás tú enterado?
--Sí--dije--; no sé, lo he presumido, lo he
adivinado.
--Pues sí, amigo--repuso él--; no te precipites. Las
reputaciones más sólidas no se libran de esos ataques.
--Te juro--dije--que yo he de matar a quien ha
infamado mi casa, y ya sea uno, ya sean muchos, esa vileza no ha de quedar sin
castigo.
--Mal hecho; eso no se hace así. Conviene tratar con
la Fama en buena amistad para que no nos maltrate; conviene capitular con los
murmuradores y hacer ciertas concesiones para que no acaben de deshonrarnos.
Para alejar a esa víbora maligna no se ha de luchar con ella; es preciso adularla
con los dulces sonidos de un instrumento músico. El vulgo viperino es
invencible cuerpo a cuerpo, y débil cuando a la defensa ciega se sustituye la
maña astuta.
--Yo no puedo adular a esos infames. Mi honra está
sobre ellos.
--Todo eso es muy santo y muy bueno; pero se dice
una cosa... Bien... En estos tiempos es más temible el dicho que el hecho. Ya
comprendes la fuerza que tiene un dicen. Si quieres seguir mis consejos,
márchate de aquí por algún tiempo. Cuando vuelvas, todo está olvidado. Es la mejor
manera de que te libres de ese hombre, cuya presencia continua en
tu casa tanto te daño. Es lo mejor; así se acaba sin
escándalo, porque el escándalo, amigo, graba los hechos en la mente del
público, y hechos estereotipados de este modo no se borran fácilmente.
--Pero ¿qué hombre es ése?-pregunté.
--¡Qué hombre!--dijo con estupor, admirado de que yo
no le conociera--. Alejandro X***. Estoy seguro de que sus visitas aquí han
sido inocentes; pero le ven entrar, y como tiene tan mala fama...
--¿De veras?--dije, para obligarle a explicarse
mejor.
--Sí--contestó,--, es de estos que hacen gala de sus
costumbres licenciosas. Buena figura, gracia, cierta depravación. No tiene más
oficio que hacer el amor, ni más aspiración que ser objeto de las necias
alabanzas de la multitud, siempre gozosa por cada honra que se pierde y cada
nombre que se mancha.
--¿Y dices que debo salir de aquí?
--Sí: es urgente. Déjate de medios violentos, Matar,
desafiar; todo eso aumenta el escándalo y las habladurías...
--No; yo quiero matar a ese hombre --grité con
furia, olvidando en aquel momento que Paris era inmortal.
--¡Matar! ¿Y a quién?, ¿a éste? ¿Y estás seguro de
que al matarle castigas a un delincuente? Tú ya das por supuesto que ha habido
delito, y no es ésa la cuestión. Se trata sólo de ciertas voces que debemos
suponer no tienen fundamento alguno. Ahora di si esas voces se acallan matando
gente.
--Pues yo no puedo salir de aquí---dije, recordando
la amenaza de Paris de seguirme a todas partes--; él irá tras nosotros.
--¿Cómo puede ir contigo?-dijo mi amigo --. Y si va,
en tu mano está evitar que te siga mucho tiempo. Aquí no es fácil que sin
escándalo puedas echarle de tu casa, mientras que viajando ya es más posible
librarte de él por cualquier medio.
--Poco más hablamos; pero lo que he referido fue lo
bastante para confundirme más de lo que estaba. El principal tema de mi
cavilación consistía en esto, que repetía sin cesar: «Luego Paris es un ser
real; ese que llaman Alejandro no es una sombra, no es una aparición, sino un
hombre que entra en mi casa y es conocido de todo el mundo. Alejandro y Paris
son dos personas distintas; el que yo he visto es representación o remedo del
primero.» Cansado ya de aquel suplicio, resolví salir, para buscar en la
confianza y en el consejo de personas afectas a mí un alivio a tan terrible
pena. Pensé dirigirme a varios amigos de lealtad probada, y además muy
conocedores de las cosas de la vida, esperando sacar de ellos alguna luz para
alumbrar tan pavoroso enigma.
Salí. Según después me han contado, andaba yo por la
calle con la vista extraviada, el andar inseguro y torpe, puestos el sombrero y
los vestidos de muy singular manera. Hacía reír a las gentes; y aun los
acostumbrados a ver en mí un hombre no parecido a los demás, se paraban a mi
paso, señalándome como una curiosidad. Aunque había hecho propósito de
consultar con determinadas personas, yo no encaminaba derechamente mis pasos a
lugar alguno. Iba de aquí para allí a la ventura, ciegamente. Figuraos cuál
sería mi sorpresa cuando, al atravesar no sé qué calle, tropecé ... ; iba a
caer, y una mano asió vigorosamente mi brazo. Me volví, y era Paris, que me
sostenía. No sé lo que sentí en aquel momento. En otra situación de espíritu le
hubiera dado de golpes en presencia de todo el mundo; pero ya la maldecida
figura no me inspiraba sino temor: en su presencia, mi alma se sobrecogía, mi
palabra enmudecía, flaqueaban mis fuerzas. Desde que se ponía a mi lado, mi
espíritu se subordinaba al dominio de aquel ser infernal, doblegándose tristemente
como si sintiera su inferioridad. Desde aquel momento yo no me pertenecía:
estaba en sus manos, en su poder. El me tomó el brazo y anduvimos largo trecho
por las calles más concurridas sin hablar una palabra. Mirábamos la gente:
muchos conocidos míos encontramos al paso, y yo observaba que al pasar
cuchicheaban, señalándonos. Sin saber cómo y sin que mi voluntad obrara para
nada en ello, el diabólico Paris me arrebató hacia el Prado, que por ser el día
de los más hermosos de otoño, estaba concurridísimo. Los grupos se apartaban
para dejarnos pasar, y muchos se sonreían con disimulo, fijando la vista en los
dos. En aquel instante Paris era visible para todos; ya no era aquella sombra,
sólo percibida por mí, que en mi habitación surgía de la tela de un cuadro; era
un sujeto real, y todos le veían, le saludaban, nos saludaban, observando con
malignidad, mas no con sorpresa, que anduviéramos juntos.
Así atravesamos el Prado; seguimos hacia Recoletos,
sin que yo pudiera detenerme. Arrastrábame de tal modo, que a veces parecía que
una fuerza extraña movía mis pies. La gente era en mayor número cada vez, y la
malignidad la misma en todos los semblantes conocidos.
Parábanse algunas personas y nos miraban un buen
rato; otras parecióme que se reían, y, en tanto, nosotros siempre andando,
andando. Yo estaba rojo de vergüenza; el rostro me quemaba como si tuviera en
él carbones encendidos, y en el fondo de mi corazón latía un odio terrible, una
pena profunda, una sombría angustia que no podía estallar, porque aquel demonio
me lo tenía oprimido. Dentro del pecho sentía yo como una mano de fuego que me
apretaba con fuerza, conteniendo en su puño ardiente cuanto en mí había de vida
y sentimiento... Andábamos siempre sin descanso: gruesas gotas de sudor corrían
de mi frente, y sentía una gran fatiga, aunque puramente moral, pues mi cuerpo
no estaba cansado, y marchaba movido por una fuerza en mi desconocida.
Atravesamos toda la Castellana, donde había más gente aún, mayor número de
conocidos y más insistencia en mirarnos, sonriendo con malicia que rayaba en
insolencia. Caminábamos siempre, recorriendo el paseo de un extremo a otro,
varias veces, hasta que la tarde iba cayendo, la gente se retiraba, y mi alma
se cubrió de luto; nublándose mis ojos, no vi más que sombras, y glacial frío
corrió por todo mi cuerpo. No pude menos de detenerme: estábamos en el extremo
del paseo; a nuestra espalda se oía el ruido de los coches alejándose y las
pisadas de algún paseante rezagado. Entonces parece como que recobré el uso de
la palabra, y sentí dentro de mí una especie de libertad, algo como descanso,
como si la acción infernal de aquel ser abominable dejara de obrar sobre mí. No
sé por qué atrajo mis miradas la extraordinaria brillantez de la luz
crepuscular que por Occidente teñía el cielo de vivísima púrpura.
Miré aquello con cierto deleite, no experimentado
por mí desde algún tiempo, y cuando volví los ojos hacia mi lado, Paris ya no
estaba allí: se había desvanecido como el humo. Por una ilusión fácil de
explicar, volviendo a mirar hacia el Ocaso, me pareció ver dibujada, con
ráfagas de luz rojiza y cárdenas nubes, su faz aborrecida. Hallábame solo,
enteramente solo; había recobrado el dominio de mí mismo; pero entonces el
cansancio moral que antes experimenté se extendió a mi cuerpo, y caí sobre un
banco aturdido y exánime.
IV
--Pues si he de hablar a usted francamente, amigo
don Anselmo--dije--, esa aventura, lejos de aclararse a medida que se acerca el
desenlace, se embrolla y obscurece más. Al principio, cuando la figura de Paris
se apareció a usted en su cuarto, el caso podía pasar por una creación de la
fantasía de usted, un extravío de su entendimiento. Aunque rarísimos, suele
haber casos en que una imaginación enferma produce esos fenómenos que no tienen
realidad externa sino únicamente dentro del individuo que los produce. La
figura desaparecida del lienzo, la voz que usted creyó escuchar en el cuarto de
Elena, la sombra que vio ocultarse en el pozo, todo eso puede explicarse por
una obsesión que, aunque rara, no es imposible. Pero después resulta que hay un
ente real, un tal Alejandro, persona visible para todos y que frecuenta la casa
de usted; persona exactamente igual a la sombra entrometida y que parece
destinada a turbar la paz de los matrimonios, no con medios fantásticos, sino
reales, según se desprende del diálogo de usted con su suegra y con su amigo.
¿En qué quedamos? ¿Qué relación existe entre Paris y Alejandro? Por una
coincidencia que no creo casual, estos dos nombres son los que lleva el robador
de Helena en la fábula heroica.
Ahora bien: usted dice que no conocía a ese
Alejandro. Si usted le hubiera conocido, si antes de todas las apariciones
usted hubiera tenido celos de él, se comprende que su imaginación, dominada por
tal idea, llegara a ese período patológico que origina tan grandes extravíos.
Pero aquí lo primero ha sido la obsesión, y después ha venido la realidad a
confirmarla. ¿No sería más lógico que precediera la realidad, y que después, a
consecuencia de un estado real de su ánimo, aparecieran las visiones que tanto
le atormentaron?
--Precisamente lo que usted dice fue lo que yo pensé
cuando, serenado algún tanto, quise explicarme lo que me pasaba, de regreso a
mi casa. He de advertir que desde muy antes de ocurrir lo que he referido, mi
cabeza se hallaba en un estado deplorable. Además de perder la memoria casi por
completo, había tal extravío en mis juicios, que no acertaba a pensar con
acierto ni a decir cosa alguna derechamente. Todo esto lo he observado después
y he venido a descubrirlo cuando, sondando cuidadosamente lo pasado, he podido
descubrir algo de lo que existía en mi cabeza en aquel período. Transcurrido
algún tiempo, pude, a fuerza de recapacitar, a fuerza de atar cabos,
restablecer los hechos, aunque no con la claridad que requerían. Por último,
pude recordar que, efectivamente, yo había conocido a aquel Alejandro de que
hablaban mis suegros, mi amigo y, por fin, Madrid entero.
--Pues entonces todo está explicado--dije yo--.
Preocupóse usted con aquel hombre, tuvo celos, pensó en eso noche y día, y ese
pensamiento fue dominándole hasta el punto de ocupar todo su espíritu: la
continua fijeza del pensamiento en una idea dio gran vuelo a su fantasía,
debilitáronse sus fuerzas corporales, con el predominio absoluto del espíritu,
y de aquí ese estado morboso que le mortificó tanto. Eso, aunque raro, pasa
todos los días. Los místicos que han hablado de sus visiones con tanta fe,
creyendo que han conversado con Jesús y la Virgen, son prueba de ese estado
patológico que da preponderancia inmensa a la imaginación sobre todas sus
facultades.
Ahora bien, don Anselmo; piénselo usted bien y
procure hacer memoria: antes de la aparición de Paris, ¿no ocurrió algún hecho
que pudiera ser la primera causa determinante de esa serie de fenómenos que
tanto le trastornaron a usted? La verdad es que aquel trastorno fue
consecuencia de una perturbación anterior. Es preciso que usted diga lo que
pasó antes de que viera desaparecer del lienzo la figura pintada.
--Antes de contar a usted el fin de la
aventura--respondió el doctor Anselmo--, referiré lo que me dijo un cierto
amigo antiguo de mi familia, un vicio de quien yo, pasada mi niñez, me había
olvidado un poco. Según él, mi padre había sufrido iguales tormentos, siendo de
notar, entre ellos, uno en que estuvo a punto de perder la vida, porque las
obsesiones le quitaron hasta el hábito y las ganas de comer, sumergiéndole en
hondas melancolías. Díjome que mi padre fue perseguido también por una sombra,
si bien aquélla no era un perturbador del matrimonio, sino un acreedor
fantástico que venía a pedirle gruesas sumas, hablándole de un litigio que no
terminaba nunca. Mi padre tenía desde antes de eso un horror extraordinario a
los pleitos: era su manía, su tema, su locura.
--Veo que es mal de familia --añadí--. Cuando se
tiene propensión natural a la vida de fantasía, no seguir la carrera de santo
es errar la vocación. Para el Arte no es fecundo ni útil esa facultad
desenfrenada, esa furia rebelde que no se sujeta a las leyes de la razón ni se
templa con la influencia del buen sentido. Sólo sirve para producir los
deliquios y alucinaciones del misticismo: hace del hombre un ser fuera de sí,
que no está nunca en sí mismo, sino en otro mundo que él puebla, a su antojo,
de seres, dándoles vida incongruente e ilógica, como la suya; poniéndolos en
acción, atribuyéndoles hechos raros, disparatados, absurdos, como los suyos.
--Pues otro amigo mío--continuó el doctor--, un
sabio ilustre a quien yo conocía también desde muy atrás, me dijo que esto no
era más que una enfermedad, y me habló de dislocación encefálica, de cierta
disposición que tomaban los ejes de las celulillas del cerebro, polarizadas de
un modo especial: me dijo también que los arseniatos obraban con eficacia en
tal estado patológico, que los nervios ópticos sufrían una alteración sensible
y que producen las imágenes por un procedimiento a la inversa del ordinario,
partiendo la primera sensación del cerebro y verificándose después la impresión
externa.
--Yo no entiendo de Medicina--dije--; pero que se
trata aquí de un estado morboso, no puede dudarse. Yo he leído en el prólogo de
un libro de Neuropatía, que cayó al azar en mis manos, consideraciones muy
razonables sobre los efectos de las ideas fijas en nuestro organismo. Aquel
autor disertaba sobre las aprensiones de los enfermos, de un modo raro, pero, a
mi ver, no destituido de fundamento. Decía que la atención fija constantemente
en una parte del cuerpo produce en ella la alteración del tejido, y de este
modo explicaba las célebres llagas de San Francisco, las cuales no eran otra
cosa, según él, que una lesión producida por la convergencia de todas las
facultades, de todas las fuerzas del espíritu hacia el punto en que
aparecieron. Si estos efectos, tan palpables, producen las ideas fijas en la
economía animal; si tienen poder bastante para alterar los tejidos, para
trastornar lo que les es menos afín, la materia, ¿qué no harán en la vida
espiritual, donde todas las facultades están en perpetuo y estrechísimo enlace?
Yo me explico la obsesión de usted y sus diálogos con ese ser incomprensible;
me explico el duelo, que fue el último grado de la alucinación. Todo lo
comprendo menos la falta de antecedentes reales, de hechos que favorecieran esa
predisposición de usted, determinando la serie de fenómenos psicológicos que ha
referido.
--Hechos, sí; yo creo que los hubo --contestó--. Lo
último de que conservaba memoria es haber oído hablar a mi mujer de aquel
joven. Yo pienso que también le vi y le hablé. Pero no recuerdo más. Después,
lo que mi memoria conserva de un modo indeleble es la noche en que oí la voz en
su cuarto, la desaparición de la figura del cuadro; en fin, todo lo que he
referido.
--¿Y no reparó usted si volvió Paris a su sitio?
--Seguiré contando. Cuando volví a mi casa conocí,
desde que entré, que algo pasaba en ella. Iban y venían los criados con
agitación; oí la voz de mi suegra, penetrante y aguda, y alternando con ella,
la del conde del Torbellino, bronca y sonora.
Al punto me enteraron de que mi esposa estaba
gravemente enferma, y así lo demostró la presencia de dos afamados médicos y la
consternación de cuantos la rodeaban. Su malestar se había agravado
repentinamente, determinándose una congestión cerebral, cuyas consecuencias, al
decir de los médicos, no serían nada lisonjeras. Yacía en su lecho con muestras
de una profunda alteración, inquieta y delirante a veces, exánime y como muerta
otras. Su madre no cesaba de hablar, lamentando aquella desventura en el tono
más destemplado y chillón. «¿Cuál otra puede ser la causa de este funesto
ataque sino las extravagancias de Anselmo, que la lleva al sepulcro con las
mortificaciones incesantes a que la tiene sujeta? Es imposible que una
naturaleza delicada resista a esa lenta inquisición.»Y después lloraba con
sinceras lágrimas, porque, a pesar de ser una vieja desenvuelta y coqueta, no
carecía de sentimientos maternales. Elena se ponía cada vez peor. Los auxilios
de la Ciencia parecían ineficaces, y, por fin, después de verla padecer
horriblemente por mucho espacio de tiempo, todos comprendimos que se moría sin
remedio, a no ser que un milagro la salvara.
--¿Y Paris?--pregunté, porque me parecía extraño que
el endiablado burlador no se presentase en aquel cuadro final, donde le
correspondía uno de los principales papeles.
--¿Paris? Ya verá usted. Aquel demonio no debía
tardar en presentarse para decir la última palabra. El espectáculo de la agonía
de Elena me daba tanta pesadumbre, que no pude permanecer mucho tiempo en su
cuarto. Erame imposible fijar los ojos en ella sin estremecerme, sintiendo un
gran dolor, unido a cierto remordimiento intensísimo que mi razón no podía
dominar. Al ver cómo expiraba tan hermosa, en la flor de la edad, en lo más
risueño de la vida, pensaba si yo, como dijo mi suegra entre sollozos, era el
único autor de tan triste fin, que ella seguramente no merecía. Yo consideraba
que la muerte está sobre todos y nos elige, sin atender a las razones que
contra ella podamos tener; pero, aun así, yo creía que, no estando unida a mí,
Elena no hubiera muerto tan pronto. No pudiendo resistir aquel espectáculo,
como he dicho, me retiré a mi cuarto, traspasado de dolor, Allí estaba Paris,
sentado, fumando y golpeándose con el bastón en la suela de la bota, con ademán
distraído y algo descortés, impropio de la situación en que se hallaba mi casa.
Cuando entré se volvió hacia mí y me dijo:
--Me voy; al fin, lo has conseguido; pero ¡a qué
precio! ¡Para librarte de mí has tenido que matarla!
--¡Yo!--repuse, sin poder contener mi ira --.
¡Yo!... ¡Dices que yo la he matado!
--Sí, tú, que la has traído al estado en que se
halla con tus violencias, con tus acometidas, con esos bruscos allanamientos de
morada que has hecho en su cuarto, con el horror que le inspiraste, con la
turbación moral que has producido en ella. Yo he leído, no sé dónde, que estos
sacudimientos, causados por fuertes impresiones y sorpresas, si se repiten con
alguna frecuencia, alteran de tal modo las funciones del cuerpo, lo desquician
y desequilibran de tal modo, que, al fin, el estado normal no puede
restablecerse, y la muerte es segura.
--No he sido yo, demonio aborrecido--exclamé-; no he
sido yo quien la ha matado; has sido tú, tú, que has traído el desorden a esta
casa, que me has vuelto loco. Tu misión es luto y vergüenza; tú me has
deshonrado, me has perdido, me has lastimado en lo que para mí había de más
caro; has pisoteado mi corazón, has hecho escarnio de mis sentimientos; me has
hecho aborrecible lo que más amaba en el mundo, y de aquello que era para mí de
más valor que la misma vida, mi honor, tú has hecho una burla, un epigrama, una
gacetilla, puesta en boca de los ociosos y de los libertinos.
--Ese es mi destino--dijo, sin alterarse por los
improperios que le dirigí, y en verdad, yo estaba furioso y elocuente.
Sin saber por qué, iba desapareciendo el terror que
aquel demonio me causaba... Después le dije:
--Tú eres la más grande aberración de la Sociedad;
eres una de esas monstruosidades que acompañan al hombre como un duro castigo
de no sé qué delito que, perennemente y sin conciencia de ello, estamos
cometiendo.
--¡Necio!--exclamó--; tú me has llamado, tú me has
dado vida: yo soy tu obra. Te haré recordar, aunque la comparación sea
desigual, la fábula antigua del nacimiento de Minerva. Pues bien: yo he salido
de tu cerebro como salió aquella buena señora del cerebro de Júpiter; yo soy tu
idea hecha hombre. Mas no creas por eso que no tengo existencia real: yo ando
por ahí como tú, me conoce todo el mundo, soy un Fulano de Tal, como
cualquiera. Para el mundo hay un Alejandro, persona muy conocida y nombrada;
para ti hay este Paris que te atormenta, esta sombra que te persigue, esta idea
que te tortura. Adiós. Ya nada tengo que hacer aquí; tu esposa se muere. ¡Abur!
En aquel momento sentí gritos agudísimos en el
interior de la casa. Elena había muerto, Paris desapareció, yo me sentí libre,
respiré. Parecíame que no había respirado en tres días; de tal modo se
complacía mi pecho en aquella expansión descansada y reparadora. Al mismo
tiempo, una pena profundísima me llenaba el alma, al considerar la existencia
que había de menos en mi casa, aquel espíritu que se había ido huyendo de mí.
En aquel momento de supremo dolor me pareció que la vi pasar como ráfaga, como
nube ligera, no tan tenue ni tan rápida que me impidiera ver sus facciones
alteradas por ese misterioso sello que pone la muerte en las caras más
hermosas. Aquello pasó por delante de mis ojos, dejándolos deslumbrados un
momento.
--¿Y Alejandro?--pregunté en el mismo tono y con la
misma intención con que antes había preguntado-- ¿Y Paris?
--Aquel Alejandro fue inmediatamente a casa cuando
supo la muerte de Elena, y según oí decir, estaba, el pobre, muy consternado y
algo lloroso. Fue al entierro, presenció la inhumación y hasta me dijeron que
había llevado luto algunos días.
--Ese cabal caballerito dije yo--era la verdadera
expresión material de aquel Paris odioso que le martirizó a usted. Ese es el
verdadero Paris.
--Sí-afirmó él--; le he visto muchas veces después,
aunque jamás he querido saludarle. Siempre que le encuentro me estremezco. Hoy
es un viejo verde, lleno de lamparones y algo cojo. En resumen: los celos que
me inspiró ese hombre tomaron en mi cabeza aquella forma de visión que he
referido a usted. La cosa es rara, bien dije a usted que mi fantasía era una
potencia frenética y salvaje, una enfermedad más bien que una facultad.
--El orden lógico del cuento--dije--es el siguiente:
usted conoció que ese joven galanteaba a su esposa; usted pensó mucho en
aquello, se reconcentró, se aisló, la idea fija le fue dominando, y, por último
se volvió loco, porque otro nombre no merece tan horrendo delirio.
--Así es--contestó el doctor--; sólo que yo, para
dar a mi aventura más verdad, la cuento como me pasó, es decir, al revés. En mi
cabeza se verificó una desorganización completa; así es que cuando ocurrió la
primera de mis alucinaciones, yo no recordaba los antecedentes de aquella
dolorosa enfermedad moral.
--¿Y Elena ...? -- le dije con intención de hacer
una pregunta atrevida; pero me contuve por temor de herir la delicadeza del
doctor.
--Ya sé lo que usted me quiere preguntar--contestó--:
usted quiere saber lo que creo acerca de su conducta, si fue
infiel o no. Sobre este punto arrojo un velo; no me
lo haga usted levantar. Nada sé ni he querido averiguarlo; prefiero la duda.
Después de decir esto, el doctor calló,
sumergiéndose en sus ordinarias cavilaciones. Yo no quise hacerle más
preguntas, y después de saludarle me retiré, porque, a pesar del interés que él
querría imprimir a su narración, yo tenia un sueño que no podía vencer sin
dificultad. Al bajar la escalera me acordé de que no le había preguntado una
cosa importante y que merecía ser aclarada, esto es, si la figura de Paris
había vuelto a presentarse en el lienzo como parecía natural. Pensé subir a que
me sacara de dudas, satisfaciendo mi curiosidad; pero no había andado dos
escalones cuando me ocurrió que el casi no merecía la pena, porque a mí no me
importa mucho saberlo, ni al lector tampoco.