
Entre
las figuras intelectuales, políticas y mundanas en el brillante naufragio
del Islam español durante el siglo XI, la más llamativa es la princesa
Wallada, de la familia real de los Omeya, cuyo padre fue uno de los muchos
califas que durante la
fitna o Guerra Civil llegaron al trono
cordobés mediante el asesinato y a puñaladas también lo abandonaron.
Abderramán Obaidallah al Mustafkí, padre de la más célebre de las
poetisas de Al Andalus, mató en 1023 a Abderramán al Mustazhir, el fugacísimo
califa elegido asambleariamente en la Mezquita de Córdoba, que hizo
ministros al gran Ben Hazm y su amigo Ben Suhayd pero cuyo reinado sólo duró
siete semanas. Dos años después, el asesino fue asesinado en Uclés. Hay
cierto consenso en considerar a Mustafkí como uno de los tipos más viles
de cuantos poblaron el caos entre Almanzor y los almorávides.
La ajetreada, tumultuosa y libérrima peripecia vital de Wallada ha llevado
a muchos a pensar que las mujeres de Al Andalus, por supervivencia de las
costumbres cristiano-visigóticas o por cierto matriarcalismo beréber,
disfrutaron de una libertad que no tienen las mujeres en ninguna sociedad
islámica. Las estudiosas más modernas, como Rubiera Mata, apuntan que en
la sociedad andalusí sólo hay dos grupos a los que se permiten imprecisas
y amplias libertades: las solteras o viudas ricas y las prostitutas. Sólo
había libertad sin honor o sin marido. Lo denunció el propio Averroes (Ibn
Rushd): "Nuestro estado social no deja ver lo que de sí pueden dar las
mujeres. Parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y amamantar a los
hijos y ese estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las
grandes cosas. He aquí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada
de virtudes morales".
Sin embargo, dos costumbres palaciegas de buen tono, la poesía y la
caligrafía, alumbraron poetisas andalusíes. La primera, en el siglo VIII,
fue Hassana at'Tamimiyya. Pero es en el siglo XI cuando surgen mujeres de
buena posición dedicadas a las letras, como la cordobesa Aisa bint Ahmed
Ibn Qadim, o la piadosa -única que peregrinó a La Meca- Maryam bint Abu
Yaqub Al-Ansari, de Silves. La mejor, por el número de poemas conservados y
por su trágica historia de amor con Abu Yafar ben Said, es la granadina
Hafsa bint ar'Rakkunniyya. También granadinas fueron la sutil Umm al-Hanna
y la descarada Nazun bint al-Qalai. De Guadalajara, Umm al'Ala. Y dos
princesas: la sevillana Butayna hija de Mutamid, y la almeriense Umm al-Qiram,
de Summadih. Pero Wallada las ha eclipsado a todas.
Tras la muerte de su padre, con apenas 17 años y gracias a los fondos que
Mustafkí supo guardar, Wallada abrió palacio y salón literario en Córdoba,
donde ofrecía instrucción a hijas de familias poderosas y acaso instruía
a esclavas en la poesía, el canto y las artes del amor. Al cabo ella era
hija de Amin'am, una esclava cristiana enviada a cultivarse a Medina, y su
nodriza y maestra fue la esclava negra Safia. Cuando tenía unos 20 años
conoció al hombre que marcó para siempre su vida. Es un encuentro de
famosos, buscado por ella. Ben Zaydun es un noble de excelente posición,
con gran influencia política y sin duda el intelectual más elegante y
atractivo del momento. Pero Wallada es la mujer más culta, famosa y
escandalosa de Córdoba. Se pasea sin velo por la calle y, a la moda de los
harenes de Bagdad, lleva versos suyos bordados en la orla de su vestido o en
túnicas transparentes. Los del lado izquierdo dicen: "Por Alá, que
merezco cualquier grandeza/ y sigo con orgullo mi camino"; los del
derecho: "Doy gustosa a mi amante mi mejilla/ y doy mis besos para
quien los quiera". Es una belleza apabullante: hermosa figura, tez
blanca, ojos azules, rubia-pelirroja... el ideal de la época.
Wallada era una mujer acostumbrada a mandar, en la calle, en la casa y en la
cama. Se enamoró de Ben Zaydun en una noche de fiesta poética, jugando a
completarse poemas según la costumbre cordobesa de entonces. Fue el choque
de dos vanidades literarias, en la que ella tomó la iniciativa. Pero tras
unos amores estrepitosos, apasionados, públicos y versificados, pronto se
rompió el idilio.
¿Cuál fue la razón? Wallada escribe: "Sabes que soy la luna de los
cielos/ mas, para mi desgracia, has preferido a un oscuro planeta". ¿Una
amante negra, esclava de la propia Wallada? La traición con un amante negro
es una convención de la poesía islámica. No debe tomarse literalmente. La
tradición no la niega Ben Zaydun, pero ¿con quién? Es posible que fuera
con la propia
mujer fatal de Wallada, la mujer Munya, a la que
nuestra princesa encontró en la calle y a la que, fascinada por su belleza,
compró, educó, convirtió en poetisa desvergonzada y que finalmente la
abandonó. Es más probable que Wallada sorprendiera a Ben Zaydun con un
amante masculino, porque eso le reprocha luego ferozmente en sus sátiras:
"Si (Ben Zaydun) hubiera visto falo en las palmeras/ sería pájaro
carpintero". En fin, lo cierto es que Wallada no la perdonó nunca. Se
hizo amante del hombre fuerte de Córdoba, el visir Ben Abdús, rival político
y enemigo personal de Ben Zaydun, al que privó de sus bienes y acabó
metiendo en la cárcel. En esa época de cautiverio físico y amoroso
escribió Ben Zaydun sus poemas más famosos. Pero Wallada no quiso volver a
verlo. Eso es lo que creó realmente la leyenda. Ben Zaydun, tras recobrar
la libertad, recorría de noche los palacios arruinados de Medina al-Zahara,
símbolos de una pasión destuida. Toda Córdoba lo vio errante y ojeroso,
enfermo de amor, y supo de sus poemas sumisos, implorando el perdón que
nunca le fue concedido. Algunos creen que Ben Zaydun utilizó la forma de
amor udrí, precedente del amor cortés occidental, para expresar su pasión.
Otros, como Nykl, piensan que su relación con Wallada es como la de Musset
con Georges Sand. Ciertamente parece la de una
deminatrix con un
esclavo
voluntario, pero el secreto a voces no deja de ser secreto. Y la poesía
lo mejora.
Arruinada en su fortuna y su crédito, Wallada recorrió la España de los
reinos de taifa, quizá también la cristiana, exhibiendo su talento y acaso
otorgando sus favores, pero siempre volvió a Ben Abdús, en cuyo palacio
acabó viviendo aunque sin casarse con él y bajo cuya protección le
sobrevivió, siempre altiva y hermosa, hasta cumplidos los 80 años. También
Ben Zaydun rehizo su vida y su carrera política en Sevilla, a la sombra del
feroz Mutamid, padre del rey poeta Mutamid. Vivió muchos años y murió
rico y poderoso, quizá remotamente nostálgico o quizá totalmente curado
de aquel amor que ya sólo vivía en las antologías poéticas.